Hablar es incurrir en tautologías. Esta epístola inútil y palabrera ya existe en uno de los treinta volúmenes de los cinco anaqueles de uno de los incontables hexágonos. Y también su refutación.
Jorge Luis Borges, La Biblioteca de Babel
Llevaba meses pensando en volver a retomar este blog. Unos meses en los que los azares, la apatía o la simple acumulación de tareas fue poco a poco desmotivándome en la idea de sentarme frente a La Casa de Sokar y juntar unas pocas letras con la periodicidad suficiente como para justificar su mantenimiento y vida.
Soy yo en su totalidad quien se expresa en estas líneas, sin la armadura que frecuentemente visto y de la que ahora me calzo voluntariamente visera y rodela en espera de tiempos mejores. No es una oportunidad que conceda —ni vaya a conceder— con frecuencia.
No he experimentado tiempos fáciles en los meses precedentes. El no tan lento transcurrir del tiempo y algunos fracasos y decepciones —intensas— en lo personal me conducen a un cierto escepticismo y a la necesidad de ser cauto, por un lado, y de encontrar ciertas soluciones a mis carencias y el camino para expresarlas a través de la capa de hielo que van formando. Vaya por delante, pues, esa revelación como aviso a navegantes.
Sin embargo, hace unos días recibí un correo de mi buena amiga Marina, de la que no tenía noticias desde hacía mucho tiempo —tampoco tus azares fueron benévolos, niña; mucho menos que conmigo— haciéndome la confesión de haber leído este blog y haberle gustado, deseando después que escribiese algo más en él. Me muevo mucho por impulsos y arranques, como dije antes, pero con esta clase de impulsos y arranques. El deseo de una amiga, el estímulo lejano o el simple hecho de ayudarla a que con estas pobres letras encuentre distracción a las cosas no tan buenas de la vida me fuerzan —sin que quepa en ello obligación o pesar, sino ilusión renovada— a reabrir de nuevo las puertas de La Casa de Sokar.
Si el propósito inicial era contar vivencias cotidianas y realizar comentarios de libros, a partir de ahora cabrá de todo. Cualquier cosas que se me ocurra o experimente la necesidad de contar pasará por esta página. Eso sí: siempre a mi modo, es decir: como una especie de impresionismo en el que lo que se narra no resulta inmediatamente reconocible. Requiere previo análisis y elaboración posterior. Soy de los que escriben a capas, con cargas de profundidad, palabras de doble sentido y vueltas en círculo. No es fácil a veces entenderme. Lo reconozco abiertamente, porque escribo así deliberadamente. Me gustan mucho las parábolas, los mitos y las metáforas. Creo que embellecen los textos y los alejan de la compresión mundana y automática de los teletipos y las composiciones bazofiosas de quien redacta partes médicos más que sensaciones. Por lo que hay de atávico en todos nosotros, empezando por el que escribe, me gustan los posos duraderos disfrazados de sencilleces.
Espero que esa intención sea bien entendida.
Alcalá de Henares, 21 de agosto de 2008.
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