Ésta sí que es la parte importante de la materia. Cuando lo general desciende hasta lo particular es cuando se ven las implicaciones de lo aprendido o asumido en esta vida.
Para mí el adonismo es la plasmación en un sujeto tangible de todas las características aprendidas mucho antes. Es la teoría de la relación intrapersonal, la búsqueda eterna del príncipe —o princesa, que tanto da— que desarrollan muchos, erróneamente, tratando siempre de encontrar lo superior, sin darse cuenta de que no existe.
A lo largo de los años he podido escuchar cantinelas del estilo “no eres tú el que falla, es que simplemente falta la chispa” o la ya clásica del “te prefiero como amigo”. Todas ellas aderezadas, cómo no, con continuas reclamaciones y demandas de encontrar a esa persona perfecta que nos quiera, nos cuide, hable cuatro idiomas, sea capaz de mantener una conversación sobre Kierkegaard sin pestañear y, además de todo ello, sea bello como el David de Miguel Ángel.
Mucho pedir es eso. ¿Se exige uno a sí mismo en la misma medida?
Hablaré de mi relación con el sexo femenino, sin que ello implique ningún poso machista en el uso de la comparativa. El mismo efecto se da en hombres que en mujeres, y lo traigo a colación sólo porque forma parte de mi experiencia vital y puedo hablar de ello por haberme encontrado muchas veces en esa situación y haberlo visto desde fuera otras cuantas. En este caso soy hombre y hablo de la mujer, pero la situación inversa es estadísticamente similar.
El adonismo no sólo implica la búsqueda de lo bello, per se, sino que además supone otro ejercicio, el de la traslación de nuestros propios gustos y preferencias a otra persona. Lo que lo diferencia del platonismo es que, en este caso, la persona sabe perfectamente que el otro no es así, pero asume que las características que le atribuye son tan reales como sus propios pensamientos, en cierto modo para justificar su elección, pero también como un ejercicio de autonegación: la de que, por encima de principios y de expresiones, lo que cuenta, lo más importante, siempre suele ser lo mismo. 
Evidentemente, en el Top Ten de criterios para preferir a una persona antes que a otra está el físico. Negar la evidencia es como cerrar los ojos cuando llega el tren. La mayor parte de las veces el criterio de la elección no se basa en la personalidad del otro, ni en sus cualidades como ser humano, sino simple y llanamente en sus características físicas. Uno puede ser la persona que más te quiera, mejor te cuide, mejor te sepa entender. Uno puede ser esa clase de gente que sabe qué regalo debe hacerte, que entiende cuándo necesitas que te escuchen, que tiene unos sentimientos que no se gastan con el tiempo. Uno puede ser como el decorado de una obra de teatro, imprescindible pero que pasa desapercibido,… Pero uno no es el elegido/a, pesar de todo ello. Aderezado, por supuesto, de expresiones grandilocuentes, negando que ése sea el criterio elegido por encima de los demás.
Uno, sin embargo, por su profesión y por su experiencia, está acostumbrado a diferenciar palabras de hechos. Uno también está acostumbrado a hacer las cosas que hace porque sí, sin ningún tipo de contrapartida, y ha escuchado esos argumentos en más de una ocasión. Y siempre ha visto que el resultado ha sido que no cuenta demasiado el cómo eres, sino el qué pareces. Personas por la que has sentido mucho, a la que les has dado todo excepto el plano físico (o dándoselo, incluso) desaparecen de la noche a la mañana sin una explicación. Y te las encuentras más tarde del brazo de aquella persona que jamás se preocupó por ellas, que no hizo ningún esfuerzo para conseguirlas y que, en algunas ocasiones, tampoco hará ningún esfuerzo en conservarlas.
2 comentarios:
pues creo que el concepto del que hablas es como mucho mas global ya que lo centras en la eleccion por parte de alguien de su persona ideal, que ya te comente que es todo mas hormonal e irracional de lo que crees. Puede que hayas pecado de adonismo tu mismo (jeje)con el concepto de culpabilidad que pueda tener la persona que desecha a alguien a pesar de saber que no es la que la conviene. Hay juan, que no siempre se puede ser tan racional...
Pero se puede y se debe intentar...
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