28 de agosto de 2008

Hedonismo y adonismo (y IV)

El argumento contra el adonismo no es circular: no se basa en un “yo me creo que no valgo y entonces me rechaza todo el mundo”. No. Uno sabe que vale, aunque sabe también que la sorpresa está en el interior, y que difícilmente, si no se concede la oportunidad de mostrarlo, se reparará en ella. Y aun en el caso de que se repare prima más la botella que el perfume. Porque nos han enseñado a ser así. Porque son muchos los que afirman tener unos valores dentro con los que actuar para con el otro, pero pocos los que actúan consecuentemente con esos principios.

Otra de las implicaciones lógicas del adonismo es la búsqueda del más difícil todavía. Lo que se tiene cercano, lo que resulta conocido, pierde valor ante lo desconocido, ante la figura inventada que aparece de repente y obnubila la mirada y el sentimiento. Es igual que luego se descubran características que nadie pensaba pudiera poseer el interfecto: como se dijo antes, lo que no existe o se desconoce se reelabora para cuadrarlo a nuestra impresión y apetencia.

Lo que se tiene no se valora. Aburre. Cansa. Se pasa por alto. Lo que no se tiene es lo que se desea, porque así nos han enseñado a actuar. Si en el materialismo general uno carece de un Mercedes y el vecino del principal sí lo tiene, la meta será superarle y comprar uno más caro y mejor, por el qué dirán. En el adonismo, por el contrario, la meta es tener a esa persona que nos ignora o que nos presta atención pero al mismo tiempo lo hace con cualquiera, porque parece que uno será más feliz con él/ella. Porque quizá luzca más en reuniones de sociedad el hombre alto y apuesto o la rubia neumática que el amigo o amiga del montón que sin embargo no nos fallaría nunca. También es justo reconocerlo: no puede reprocharse nada a las personas que optan por la primera opción, estadísticamente muy frecuentes: es lo que hemos aprendido, lo que nos han enseñado.

¿Merecen, sin embargo, aquellas personas que no cuadran con el estereotipo una oportunidad?

Uno ejerció la profesión de abogado un tiempo. Durante ese tiempo llevé varios casos de separación y divorcio, dándome cuenta de cómo y cuánto influyen las apariencias físicas y materiales en la estabilidad de una relación. Generalmente, casi ningún divorcio se produce de mutuo acuerdo. Siempre es uno de los dos, con el consentimiento o no del otro, el que decide poner fin a la relación. Evidentemente, muchas de las ocasiones nada tienen que ver con el amor, porque nunca existió, pero uno se da cuenta, cuando indaga en el pasado y el presente de esas relaciones, que todo fue siempre un juego de apariencias, o que esas apariencias, al cambiar, destruyeron el amor, caso de ser cierto. Matrimonios de penalti, infidelidades, “agotamientos de amor”, malos tratos, etc. La causa, en un porcentaje muy elevado de casos, se debe a que una persona se cansa de otra porque los criterios por los que optó para elegirla se anclaron en arena y no en roca. Uno eligió a la chica popular de la clase, la otra al hombre de negocios triunfador, o al gracioso del grupo, o al ligón del pueblo. Casi nunca eligió al amigo, porque el amigo era esa clase de hombre (o la amiga esa clase de mujer) con el que podía ir al museo, de excursión, a tomar unas cañas, pero nunca alguien con quien se hubiera sentido cómodo/a de compartir cama. Muy pocas veces se eligió el hombro en el cual llorar y sí, en demasiadas, el bíceps con el que presumir, la cartera que esquilmar o el estúpido con el que reír. Y para reír vale cualquiera, pero en los momentos de flaqueza, o de dificultad, no vale cualquiera. En las verdaderas circunstancias es donde se prueba a las personas, y es entonces cuando se repara en que esa persona que nos encandilaba, que nos parecía “misterioso”, “superdulce”, en que el “chulito con todos, menos conmigo” (sic) resulta ser un tipo pusilánime, cobarde, insensible o, en el peor de los casos, un maltratador. Pero la elección se realizó desde un principio y tal vez esa persona a la que rechazaste jamás te hubiera fallado en ninguna de esas materias, pero se quedó en los vericuetos de la vida, probablemente con tu silencio y distancia. Ahora esa persona ha desaparecido, y ya no tienes a nadie que te apoye. Y ya es tarde para remediarlo.

Tengo la impresión de que en este mundo existen muchas clases de hombres y de mujeres-florero. Pero también la certeza de que para que alguien los trate como tales es preciso que esas personas antes consientan ser florero, crean que lo son. Ni Síndrome de Estocolmo ni leches: uno, o una, sabe casi desde el principio cómo son los demás, pero elige en la mayoría de las ocasiones con la cabeza o el órgano físico antes que con el corazón. Los resultados saltan a la vista: basta ver las noticias o las estadísticas de cualquier día para caer en el detalle.

Adonismo, en suma. Otra forma de materialismo que puede arruinarnos la vida, pero del que no somos conscientes hasta que nos sentamos en la vereda del camino y echamos la vista atrás, y recordamos a quien nos quiso realmente y lo comparamos con el desconocido con el que nos juntamos, apareamos o llámese como se quiera la clase de interacción.

A veces no quedarán ni lágrimas para lamentar el error.

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