24 de agosto de 2008

Hedonismo y adonismo (II)

Crecemos. Nos sale vello y otros añadidos —según sexo y tipología— y empezamos ya la competición feroz. En busca, unos, de la satisfacción mecánica de los principios aprendidos y cultivados con mimo en la niñez. En busca, otros, de la felicidad hurtada o pospuesta. De la parrilla de salida depende, por desgracia, el éxito o fracaso de esta segunda tentativa. Sigue imperando, esta vez a escala más amplia y salvaje, la máxima olímpica de la fortaleza, la belleza o el éxito, administrada y complementada por nuevos aditivos como el éxito social, el poder, los bienes materiales y demás gilipolleces no tan posmodernas.

Aprecio mucho ciertos lugares de mi pasado y mi presente, pero jamás viviría en ellos, porque los considero casi como un tubo de ensayo de lo que estoy hablando. El hedonismo provoca en estos lugares una decantación social que estratifica, en función de apariencias y pertenencias, a sus habitantes en castas que ríase usted de la dominación indoeuropea. Los unos a todo lucir de joyas, tipo o gastronomía (fuimos a un buffet libre y había de “tó”, nena, de “tó”, de “tó” de “tó”…); los otros a rechinar los dientes y desear que venga un rayo y los parta a todos. Uno hace lo que hace no por sí mismo, o por el mero placer o satisfacción personal de hacerlo, sino por lo que el otro piense, sienta o comprenda con esa acción. Si voy al teatro no es porque me interese especialmente Lope o Tirso, sino porque la vecina me verá con todo el oro puesto y codeándome con todo lo granado de mi sociedad local. Si mando a estudiar a mi hijo, en muchos casos lo más importante no será que adquiera conocimientos, sino que el piso en el que habite tenga más habitaciones y más cuartos de baño que el del nene de la prima.

Donde más y mejor se refleja el materialismo General (en contraposición al particular que explicaré más adelante) es en las relaciones humanas interpersonales. A pesar de lo subjetivo y particular de las mismas, en realidad su manifestación obedece a criterios universales. Si hace más de cuatrocientos años el prototipo era uno, la sociedad crea constantemente otros, generalmente para satisfacer intereses espúreos de carácter económico o, simplemente, porque nos hemos acostumbrado a la uniformidad y al uso plural de cerebros.

Incesantemente, como un bombardeo, estamos sometidos a la tiranía de lo bello. Inevitablemente, ese concepto anida hondo en las mentes y los sentimientos, llevándonos a desear lo que nos dicen que deseemos. A considerar que uno es mejor porque tiene más centímetros —sin especificar dónde—, más pelo o cara aniñada. Se llega a extremos imposibles en aras de conseguir ese objetivo, desde acudir a clínicas donde te prometen ese rejuvenecimiento con elixires de carrera (“Si viene usted a nuestra consulta tendrá una mata de pelo que haría palidecer a un mono”, “Si confía en nosotros podrá lucir ese bikini que siempre ha deseado sin preocuparse de sus antiestéticas cartucheras”,…) o esa transformación para parecer otro. Nada resulta más patético que una señora de cuarenta años disfrazada como una de quince para aparentar treinta o un peluquín flotando al viento. Pero da igual: la imagen transmitida es que si no comulgamos con esas Formas —por decirlo suavemente— somos menos.

El consumismo es otra derivación del Materialismo General. El valor a transmitir es que uno puede suplir sus carencias con un coche de alta cilindrada o ese juego de palos de golf que siempre deseamos —en otras vidas, aunque no en ésta—. La referencia es que el traje y la corbata dignifican, aunque uno por dentro esté podrido y no piense más que en el mal.

4 comentarios:

Unknown dijo...

¿Qué es la belleza?
con los años este concepto cambia radicalmente, y la estética visual se complementa con la percepción de otros sentidos. Lo que antes no nos parecia bello ahora sí y viceversa.

Unknown dijo...

¿Qué es la belleza?
con los años este concepto cambia radicalmente, y la estética visual se complementa con la percepción de otros sentidos. Lo que antes no nos parecia bello ahora sí y viceversa.

Mike dijo...

Creo que el hedonismo consumismo y demas pienso que es parte de la herencia animal de nuestros genes, ya que la mayoria de las decisiones que tomamos lo hacemos a traves d un desencadenante previo o impulso que la mayoria de las veces viene de nuestro crerebro animal primitivo. Si nuestros sentidos nos engañan (sobre la vista pordia hablar largo y tendido) la percepcion del exterior es una imagen distorsionada por el cerebro, el resultado viene cambiado y si no es por la barrera consciente que es la que lucha contra esto (llamemoslo norma social) nos resultaria imposible resistirnos a hacer cosas como sentirnos atraidos por el fisico mucho mas que por otra cosa (por lo visto mas por el olfato que por la vista) Me gustaria que tuvieras en cuenta el factor animal del hombre y como la cultura nos va poniendo muros para que no hagamos lo que nos plazca

Anónimo dijo...

Gracias por vuestros comentarios. Le faltan aún dos capítulos a esta entrada, quizá los más interesantes, en los que explico qué entiendo por "adonismo": la plasmación en otra persona de todos los conceptos aprendidos.

Si seguís leyendo el blog creo que los publicaré esta semana.

Un saludo.