A según qué horas, o qué momentos, uno se siente proclive a filosofar sobre lo que no entiende, pero experimenta —en carne propia o ajena— como una sucesión de karmas. Muy a menudo. Demasiado a menudo.
Sucesos cotidianos y no extraños a quien escribe le han hecho reflexionar mucho sobre la materia, sobre la barrera que separa el éxito del fracaso y los condicionantes que conducen a uno u otro fin. Experiencias vividas, palabras escuchadas, excusas no creídas y un sinfín de conversaciones en el olvido y tautologías vistas a golpe de decepción o realismo.
Hay quien me suele definir como pesimista. Puede ser, aunque a mí me encaja mejor aquello del optimista bien informado. Existe una gran diferencia entre lo que a uno le gusta oír, lo que queda bien, y la realidad cruda y desnuda, que es la que negamos y ante la que nos tapamos los oídos, imitando la famosa viñeta de los monos que aparece más arriba. A mí, sin embargo, me gusta ser tremendamente sincero en mis opiniones: lo que llevo visto es lo que me dicta mi modo de pensamiento. El primer interesado en reconocer lo equivocado de mi visión sería yo mismo. Ojalá exista la posibilidad.
De momento, vamos a conformarnos con un poco de filosofía de andar por casa y con un intento de tesis racional para explicarlo. El segundo concepto creo que ya está inventado, pero me trae al fresco. Trato de darle una segunda definición con lo que voy a tratar de transmitir. Espero que os resulte aceptable. Otra cosa será que os guste o estéis de acuerdo.
1.- El materialismo General: El Hedonismo
Lejos ya de los manidos clichés de libro de autoayuda, del tipo “la belleza está en el interior” o “tienes que quererte a ti mismo” (preferiblemente con nombre rimbombante y autor de nombre impronunciable), estamos empezando a comprobar en esta sociedad los efectos palpables de un hedonismo que va poco a poco impregnando todas las capas de nuestro tejido. La expresión suena negativa y hasta tremendista, pero lamentablemente no por ello —en mi opinión, siempre discutible— menos real.
Ya desde que somos criaturas de pecho asistimos a la competición, al Citius, Altius, Fortius en versión plástico y apariencia. Mi niño siempre es el más alto, el más guapo, el más listo, el más fuerte. A esa temprana edad suele ser el comentario más escuchado por madres y padres de hoy, de los modernos. No hay que extrañarse, entonces, de la aparente crueldad que exhiben esos adultos en miniatura. No es que el querube en cuestión resulte un pequeño Luzbel en potencia. No: es la propia sociedad, representada por su exponente más cercano, la familia, quien lo moldea de esa forma, consciente y premeditadamente. “El hombre es un ser bueno por naturaleza, pero la sociedad lo corrompe”, etcétera. El niño bajito, la niña gordita o con gafas, el niño tímido… se tragan las lágrimas desde muy pronto, acurrucados en el pupitre, casi sin respiración, ante las acometidas de estas larvas de yuppie, dominador o triunfador (maltratador, en algunos casos) sólo por el hecho de ser diferentes o no encajar en los prototipos definidos por esta sociedad hedonista, la General. Y sus mayores les aplauden, sabedores de estar inculcando una postura o ideología muy acorde con los principios actuales y absolutamente adecuada para triunfar en la vida.
¿Con quién nos identificamos? ¿Con el niño atlético o la niña mona, o con el compañero que era sujeto paciente —nunca mejor dicho— de nuestra hilaridad o burla? Seguro hemos militado en una de las categorías. Tal vez en las dos simultánea o sucesivamente. ¿Por qué lo hicimos o padecimos?
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