12 de diciembre de 2007

¿El Ser o la Nada? (o Leviatán contra Séneca)

Si descubres en la vida humana algo mejor que la justicia, la verdad, la prudencia, la valentía y, dicho de una vez, que tu mente se baste a sí misma tanto en los hechos en los que ofreces tu actuación según la razón recta como en los que sin elección previa asigna el destino, si, digo, ves algo mejor que eso, dirígele tu atención con toda tu alma y aprovecha bien ese bien supremo si lo has descubierto.

Marco Aurelio

Corren malos tiempos para la lírica. Hace poco llegaba a mis ojos la versión definitiva de uno de los males que conducen a esta sociedad nuestra a un callejón sin salida. En su propia definición la llaman “socioconstruccionismo”.

Para los puristas de esa expresión abominable, el socioconstruccionismo se define como la negación de que existan verdades absolutas o inmutables. la Realidad vista desde la mayúscula desaparece o cuanto menos se difumina. Y si no hay verdad, todo aquello que pensamos, sentimos, decimos o creemos se valora sólo desde la interacción con la sociedad, negando cualquier valor superior por encima del que el consenso social dictamine en cada momento.

Ésa es la versión académica. La realidad la encontramos más cerca, en nuestro propio día a día: según estos nuevos Popes del pensamiento, no existen valores inmanentes, sino puras convenciones. Y por tanto, nuestra escala de valores puede revisarse continuamente, dando carta de naturaleza a palabras, hechos y acciones que ayer se consideraban despreciables.

Viene muy a cuento esta reflexión al leer la prensa y encontrarse con la detención, hace algunos días, de varios médicos y personal “sanitario” (entre muchas comillas) de varias clínicas abortistas de Barcelona, que ha tenido continuación en el cierre cautelar de otra en Madrid. De repente, parece que muchas personas, al ver las atrocidades cometidas por estos miserables, se han echado las manos a la cabeza o simplemente la han meneado como pensando “esto no puede ser verdad”.

Pero lo es.

El síntoma de una sociedad enferma es el relativismo. El Todo Vale. El Me Apetece. La negación de las realidades trascendentes o cuanto menos de una ética que no se vea adulterada por la política, los mass media o el nihilismo de la sociedad de consumo. De súbito, muchos han caído en la cuenta de que en nuestro país, a la vuelta de la esquina o en la acera de enfrente, nuestro Aparato está asesinando a más de 100.000 niños (que se sepa) al año. Las asociaciones presuntamente progresistas pretenden incluso dar carta de naturaleza a una despenalización completa del aborto, alegando estupideces como “mi cuerpo es mío”, “es sólo un conjunto de células” o “tengo derecho a elegir mi vida”. Y como muchos repiten la misma patraña, esa mentira de repente se convierte en verdad, sin que ello impida manifestarse contra las corridas de toros o el abandono de animales (posturas respetables, por supuesto), porque parece que un irracional es más importante en este discurso que un ser humano.

De cara a la galería, claro.

¿De qué nos sorprendemos, entonces, cuando observamos las cifras de rupturas familiares, de crisis de valores, de acomodación? ¿Por qué sacamos el látigo y nos flagelamos, cual Viernes Santo, o miramos para otro lado cuando vemos que nuestros niños son cada vez más violentos, nuestros abuelos más solitarios o nuestras relaciones más insulsas, falsas y egoístas?

Vivimos dando de comer opio, de forma constante, a un monstruo que nosotros mismos hemos creado. Algún día tendremos que despertar de este vapor.

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