23 de diciembre de 2008

sobre la promiscuidad (literaria) y VI

Hecho el paréntesis, a lo largo de 2006 compré muchos libros de Egipto, desquitándome de mi época de niño en la que no podía leer más, no sólo por las apreturas económicas, sino también porque se habían traducido muchas menos obras de autores de prestigio de las que ahora vamos poco a poco disponiendo. Encontré un libro que me encantó de pequeño, Últimos Secretos del Valle de los Reyes, de John Romer y que me prestaron en las Bibliotecas de Cajamadrid (lo que le debemos a esos espacios…) en una tienda que los que compren de segunda mano conocerán a buen seguro: la librería Pérez Galdós, en Madrid, calle Fuencarral esquina Gran Vía. De esa tienda y de la Casa del Libro (para algo me tuvo que servir el carnet de Comisiones Obreras) me traje unos cuantos más, todos los que me interesaron y no se llaman “El Antiguo Egipto”. Tengo libros de Parra Ortiz, de Elisa Castel, de Eugen Stroughal, de Teresa Bedman, de Ángel Sánchez, de Rainer Stadellmann, de Ian Shaw, de Martín Valentín, de Aidan Dodson, de Reeves, de Jaromir Malek y de muchos más autores. Quien esté interesado en esta cultura seguro hecha en falta más traducciones de autores como Zahi Hawass, Mark Lehner, Miroslav Verner o Miriam Lichtheim, pero tendremos que esperar o comprarlos en el extranjero. Mala suerte: aquí están más preocupados en otras cosas.

En 2007 compré una colección relacionada con temas bíblicos, de Folio, y muchas obras sueltas, entre las que están La Rama Dorada, de Frazer o Las Máscaras de Dios, de Campbell. También encontré los cuatro primeros libros de la pentalogía de Auel de Los Hijos de la Tierra, que me cautivó completamente y de la que hablé hace más de un año en las páginas de este blog. Al meterme tan de lleno en la trama (creo que eso no me sucedía desde Caballo de Troya) volví a interesarme por la Prehistoria y traje varios libros especializados, junto con algún manual universitario de Jorge Juan Eiroa y alguna cosa complementaria.

Entre finales del 2007 y hasta mediados del 2008 compré la colección Grandes Pensadores, de Filosofía, y me suscribí a la de Grandes Obras de la Cultura, de RBA. La segunda estoy por terminarla aún, junto con lo que hasta ahora son mis últimas adquisiciones: un libro de Hegel que me regalaron por mi cumpleaños (del que me gustaría que desapareciesen un par de firmas, pero al que perdono por las demás que figuran) y una enciclopedia jurídica que es un poco más mundana, pero que necesito para mi quehacer profesional. En cuanto a las Grandes Obras, me he despachado ya la Historia de la Filosofía, de Bertrand Russell, los tres tomos de Historia de las Ideas y Creencias Religiosas, de Mircea Eliade, la Historia de la Literatura Universal, de Riquer y Valverde, Los Mitos Griegos, de Robert Graves y algún tomo de Burckhardt (Historia de la Cultura Griega) y Guthrie (Historia de la Filosofía Griega), y la más rabiosa actualidad, es decir, mi concubina de ahora, es la Historia de Roma de Theodor Mommssen. Solo que yo me compro los cuatro libros, porque tengo intención de leerlos -voy por la mitad-, y no sólo de dejarlos criando polvo en un estante.

En el haber (es decir, en el capítulo de los libros missing) tengo que citar una versión de Como Agua para Chocolate, de Laura Esquivel, y la citada El Alquimista, de Paulo Coelho. Las dos ediciones las perdí en la Universidad. También me desaparecieron Paula, de Isabel Allende (préstamo a mil años, por lo menos, porque jamás me lo devolvieron) y el sorprendente Las Edades de Lulú, que tiene mucho mito (por lo que lo tiene, claro…) pero en realidad es una basura como un piano de grande. Este último no lamento haberlo perdido para nada. Más me duele mi Led Zeppelin IV, que se fue en el mismo lote…

Hasta aquí hemos llegado. Hace días recibí un comentario de un alguien un poco ofuscado -es un decir- en una entrada más antigua. En él se me acusaba de no haber tenido infancia y ser una persona triste, entre otras perlas que es mejor no reproducir. Nada más lejos de la realidad. Tengo mucha más vida, lógicamente, fuera de los libros. He hecho muchas cosas a lo largo de estos veintinueve años. He conocido a muchas personas. He visitado muchos lugares. Me he desarrollado plenamente y tengo la suerte de no tener que lamentar grandes errores ni carencias. Y además de todo ello, he LEÍDO SIN LIMITACIÓN. Si he hablado de los libros en esta entrada lo he hecho porque son algo importante en mi existencia, igual que lo es la música y lo son mis personas queridas. Otros habrán destinado sus ocios y capitales en el deporte, el turismo, un coche potente o en vivir la vida loca, sin que yo tenga la más mínima objeción que hacer al respecto. Uno tiene que hacer lo que estime conveniente para ser feliz, siempre y cuando esa felicidad no implique menoscabar la de los demás. Si cuando era pequeño me gustaba pasar parte de mi tiempo leyendo no considero que sea algo negativo. También he jugado y he hecho el cabra, como correspondía a mi edad. Y cuando los años fueron pasando fui cumpliendo todas mis etapas, quizá de una forma un poco más adelantada a mi cronología, pero igualmente aceptable. No me considero una persona menos alegre ni menos afortunada que los demás por este motivo.

De todo se aprende, pero los libros son una especie de patrimonio que nunca te abandona. Igual que las experiencias o los buenos momentos. Puedo sentirme afortunado de haber nacido en un hogar donde se han valorado más otros detalles que las videoconsolas o las gilipolleces mundanas. Algunas cosas las he aprendido de ellos, y otras las he recordado o incuso reescrito, pero todo está ahí, esperando ser un día abierto. Mi vocación por escribir es muchísimo más tardía y desde luego infinitamente más imperfecta, pero se lo debe todo a esos Cuentos de Cada Día, a ese Corazón o a ese Valle de los Caballos. Considero, además, que uno sólo puede ponerse a escribir sin que se le caiga la cara de vergüenza después de haber aprendido durante muchos, muchos años, de todo ese almacén que son tus libros, los propios y los prestados, los tuyos y los ajenos. A mis casi treinta años yo aún me sigo considerando sólo lector. Para considerarme escritor, en mis manías de perfeccionismo, tendría que conseguir en primer lugar ser capaz de escribir un relato largo del que se desgajase mi propia biografía, y por último, conseguir convertirlo en una obra que fuera capaz de soportar el tiempo y el amarillear de las estaciones. Hasta que no consiga eso, y puede que jamás lo haga, seguiré considerándome tan sólo alguien cuya media vida se debe a esas páginas, y como una persona que aspiró toda su vida sólo a tres cosas:

que le sobrevivan sus hijos, sus libros, y sus obras.

PD (añadida el 11 de enero): aquí está la foto de grupo. No están todos los que son, pero sí una buena parte. Me siento muy orgulloso, después de los años, de haber podido reunir esta cantidad de libros, pensando en cómo fue mi infancia y los avatares de toda esta vida. Sólo espero que la persona con la que me toque compartir la vida comprenda esta afición, y que el Destino me permita tener una casa lo suficientemente grande como para tenerlos todos.

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