La Navidad siempre ha tenido un significado especial para mí. Lejos de toda la pompa y la utilización interesada por las superficies comerciales, siempre han sido fechas para estar recogido con mis personas queridas y para renovar viejos y nuevos votos. Los antiguos, de amistad, de amor familiar o de ilusión porque podamos seguir celebrando estas fiestas de la forma en que hemos venido haciéndolo hasta ahora. Los nuevos, por la esperanza de que las próximas aumentemos la representación con unos niños correteando alrededor de un Belén y que la felicidad venga a instalarse definitivamente en nuestras vidas.
En cierto modo, el materialismo nos ha querido robar la Navidad. Por demérito de los malos representantes, asisto en los últimos años a una desclasificación completa de estas fiestas. Tiendo a ser muy crítico con mis opiniones, pero esta vez deseo expresarlas de forma pausada y tranquila. Desde hace unos años, repito, parece que hay quien se empeña en quitarle a la Navidad el significado que verdaderamente tiene, que es expresar la grandeza de la humildad. Lo demás son pamplinas o invenciones de Coca-Cola, El Corte Inglés o el Frente Popular de Judea (dicho con toda la ironía e intencionalidad posibles).
Con independencia de que uno sea creyente, o no lo sea en absoluto, la Navidad tiene un mensaje muy definido. Viene el Maestro a nacer en un portal, de forma apátrida, como el inmigrante que tiene que dejar su tierra para venir a buscar fortuna a otras que desconoce y donde no siempre le van a querer. Viene el Maestro a nacer de una madre joven, como todas esas madres que con valentía asumen su circunstancia y lo dan todo por sus hijos, a pesar de que otras muchas personas juegan con sus vidas y con sus sentimientos para distribuir la Muerte y la negación del ser humano, considerándolo una basura que pueda ser abandonada en cualquier contenedor. Viene el Maestro a ser perseguido ya siendo un bebé, como preludio de todos aquellos que sufren y mueren en esta tierra.
No entiendo que esta Esperanza pueda ser considerada como un anacronismo o una imposición. Si ha habido quien no ha sabido ser coherente con el Mensaje, o vive en la opulencia en franca contradicción con las palabras de Aquél a quien dice representar, ello no debería ser obstáculo para que la viveza, la actualidad y la fuerza de ese Mensaje fuera respetada y valorada como lo que es. También nosotros somos profundamente hipócritas en ocasiones. Alardeamos de bonhomía, de generosidad, de luchar por los desfavorecidos y demás, siendo falsas esas conductas por la mayor parte. No se puede ser cristiano, o comunista (para que se vea la claridad de la antítesis, y su universalidad), y ser al mismo tiempo racista, o perseguidor de ideas contrarias, por poner ejemplos cercanos. Y los hombres lo hacemos. Todo aquello que le criticamos a unos cuantos es la viva manifestación de una sociedad no tan poco estamental como parece. Pero siempre es mejor mirar la paja del ojo ajeno y no la viga del nuestro.
En este tiempo, prefiero acordarme menos de los cardenales, y más de los misioneros que se dejan la piel en África o en Asia, por ejemplo. Y me falta ver a todos aquellos que menosprecian a esa clase de personas compartiendo vida y acciones con ellos. Por eso dejé de creer en la política, y creo en estas personas y en su mensaje, que es el verdadero mensaje de la Navidad: que los hombres somos limitados (pero todos, no unos cuantos) y cometemos errores, pero la Vida permanece. El grandísimo mensaje del Hombre que nació humilde y murió humilde, con independencia de que después pueda creerse o no en su divinidad, pero que vivió y se fue en coherencia absoluta con lo que dijo, e hizo.
La Navidad también es época de recontar las altas y las bajas en la vida de uno. Este año a mí se me han marchado algunas personas, ya sea porque su ciclo entre nosotros terminó o porque ellas, voluntariamente, han decidido marcharse. En algunos casos he decidido yo que se marchen, por considerar que no existe ningún sustrato que justifique la palabra amistad, tan manoseada por lo común, y sí por el contrario otras actitudes, egoísmos y otros géneros de inconveniencia que no casan ni con mi persona ni con mi proyecto de vida. Siendo las fechas que son no guardo rencor en absoluto (tampoco en otras), así que prefiero centrarme en las nuevas incorporaciones y en la ilusión de lo que está por venir. Que es mucho, y bueno, también. Hay que dejar que los muertos entierren a los muertos, de todo género. Y mirar hacia el futuro.
Espero que estas fechas sean para todos felices y dichosas.
Un abrazo.
1 comentario:
Yo, por ejemplo, soy una agnóstica que gusta de la Navidad. Es una época que me reencuentra con personas para las que nunca hay tiempo y que me obsequia, generalmente, con sorpresas de distintos colores...
Y suelo ver dos sonrisas femeninas e inocentes, que me reconcilian con el mundo.
¿Puedo/debo pedir más...?
Un beso fuerte y mil felicidades, Juan.
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