10 de diciembre de 2008

Sobre la promiscuidad (literaria) (I)

"Cada sujeto, por ocasional o tenue que sea, nos impone una estética peculiar. Cada palabra, aunque esté cargada de siglos, inicia una página en blanco y compromete el porvenir" Jorge Luis Borges, La Moneda de Hierro

En muchas ocasiones he hablado en estas páginas de mi afición por los libros, afición que no resulta desconocida para la gente que de un modo u otro está presente en mi vida, y que en los últimos años he acrecentado hasta convertirla casi en una especie de coleccionismo, no solo físico, sino también cultural, profesional y, por qué no decirlo, espiritual.

Quien me conoce bien sabe, además, que los libros son una de mis más grandes pasiones y manías, y que en ese tema no atranco. Pero no lo considero un mérito. A veces, y para bromear, suelo decir que me he revuelto siempre entre ellos porque no sabía jugar al fútbol, y tenía que entretenerme con algo. Puede que incluso haya bastante de verdad en esa frase.

Tanto da. Tampoco me gusta justificarme de más. No hay nada de malo en reconocer que a uno le gustan los libros más que las discotecas, ni de altivo. Por el contrario, sí existen muchas personas que dicen que leen, aunque después, fuera de la conversación superficial, salte a la vista que lo último que cayó entre sus manos fue Mi Primera Cartilla, y perseveren en afirmar lo contrario. Será seguramente por el (estúpido) motivo de presumir de lector, cuando el lector, o el escritor, son especies que por propia naturaleza y escasez de práctica están descatalogadas y pueden considerarse casi como artículo de zoológico, al menos en este país tan proclive a otras memeces. Nadie debería de ser altanero por considerarse lector, ni entiendo yo que sea un motivo que deba provocar una boca abierta, una mueca de admiración o un reproche más o menos encubierto del género de la pedantería o el barroquismo inútil. No. Leer es una afición para muchos, pero es una necesidad para otros, entre los que me incluyo. Leer lo que sea; desde un folleto hasta un incunable de tropecientas mil páginas.

Otros tendrán otras necesidades. Una de las mías es ésta.

Como decía, hay quien, sin embargo, pretende hacer pensar que la mera enumeración de citas, frecuentemente amparada con otras actividades universitarias, científicas y/o culturales basta para poder colocarse el disfraz de cultureta, a saber con qué intención. Y no. La mona, por más que se vista de telas de Kashmir, sigue siendo lo mismo que era antes del oropel. Menciono esta conclusión tan obvia a la vista y lectura de determinados ismos de la sociedad española actual donde, a pesar de estar tan mal visto, últimamente parece que se ha desatado la fiebre por la apariencia bohemia y casi frívola de juntaletras e intelectual. Lo que antes era considerado modismo freakie o terreno acotado solo para empollones asociales se ha convertido en la última moda que practican desde pseudoperiodistas cuyo mayor mérito ha consistido en exhibir gayumbo y michelín por televisión hasta chorizos recién salidos de Alcalá-Meco (que me queda a dos pasos del lugar desde el que escribo, por cierto). Aquí ya hasta el apuntador escribe Sus Memorias, con o sin el concurso de afroamericanos retribuidos (perdón por el eufemismo), con la misión, presuntamente general, de aparentar ante los demás, o ante uno mismo, ciertos barnices que después casan mal con otras lacas.

Últimamente reparto bastante leña, lo reconozco. Debe ser que me estoy volviendo un cascarrabias o que la columna de Pérez-Reverte de los domingos me está sorbiendo el seso. Pero si es mi Arturo me dejo (es broma).

Al tema. Baste todo lo anterior como introducción al asunto del que realmente quiero hablar, que es mi relación con los libros desde pequeño, y como prólogo al título con que lo bautizo. Frecuentemente suelo decir que para mí los libros son como una amante, porque duermo junto a ellos, a veces con dos o más (...), y a la mañana siguiente siguen conmigo y no se han marchado, un detalle que es de agradecer, sobre todo en lo cercanamente temporal. En ese aspecto, puedo decir que practico la promiscuidad literaria con mucha frecuencia. Me sale a unas cuatro noches de pasión, aproximadamente, por semana. Y las que quedan. No puedo siquiera recordar esta lascivia por las letras, porque ya desde que tenía uso de razón leer primero y dormir después es norma de la casa, y una costumbre de la que no creo vaya a prescindir nunca, salvo entretenimientos mejores...

(Continuará...)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Puede que la vena cascarrabias te venga por codearte últimamente con alguna bloguera guerrillera...

Alguna escritora vocacional y replicante profesional.

¿Quién podrá ser...?

;)

P.D.: No conozco mejor obsesión que la de leer. Salvo entretenimientos mejores, como vos decís.

Juan dijo...

Sin duda, Marga. Tengo grandes y excelentes maestros en estas y otras artes, entre los que por supuesto te cuento. Hace ya algún tiempo que me dí cuenta de que callarse y aguantar sólo merece la pena cuando quien debe ser sujeto paciente merece la pena. Lo demás son ganas de buscar una absurda úlcera de estómago o una plaza inmejorable para pastar en el pesebre más cercano. Y ninguna de esas opciones me seduce.

Hablando más sosegadamente, y de cosas más triviales (o no) este post me está quedando un poco largo, así que lo tengo que ir publicando por entregas, como las novelas y folletines de antaño. Y por supuesto, a falta de los mejores entretenimientos que este aprendiz ha incluido y que vos habés comentado tan boludamente, no puedo dejar de decir que la lectura es, a veces, incluso más gratificante, por aquello de que permanece y no es contingente, ni pertenece al capricho ni a la circunstancia.

Por lo demás, los próximos capítulos van a ser relativamente curiosos, porque ahí voy a desnudar mi primera vez literaria y los sucesivos intentos posteriores, desde el 23-F hasta el presente. Y a fe de escribano que algunos títulos pueden resultar sorprendentes...

A sus pies, como siempre, señora escritora Marga... Ante usted, me quito el cráneo...