("En la escuela primero aprendes la lección y después pasas el examen. En la Vida, primero pasas la prueba y después aprendes la lección")
Anónimo
Hace apenas diez días que mi corazón volvió a recibir otra herida. Sin embargo, estoy extrañamente sereno y en paz conmigo mismo. Esta vez, salvo pequeños arranques iniciales que son inevitables en todo aquel por quien corra sangre por las venas, he sido capaz de aprender de mis propios errores y no encenagarme en vueltas y desahogos de espíritu más o menos públicos. Esta vez he tratado de no pervertir mi dolor y convertirlo en un ejercicio colectivo de afrenta mal curada y bisoñez.
Esta vez no necesito contraatacar. Puede que ya me haya sustraído de esa necesidad para siempre.
El capítulo XIII de mi vida que conté la semana pasada me ha obligado a no escribir durante días, para que la entrada permaneciese activa y en primera línea. Era necesario darle esa importancia para que quede, definitivamente, fijado en las retinas e interiores del destinatario la irreversibilidad de mi pensamiento. Ese desahogo me ha permitido encontrar la paz y liberar la pena del corazón, para evitar entrar en la dinámica de la autocompasión y del rencor, y al mismo tiempo partir acompañado del silencio. Ese silencio que hablará, a partir de ahora, más y mejor que mis palabras.
Y ya he partido. Estoy, como digo, extrañamente tranquilo. Me he secado las lágrimas y he pasado página rápidamente, desechando a todo aquel que ha podido intentar (y digo bien intentar) hacerme daño, a quien me utilizó y a quien ha sido tibio. He perdonado a quien fue cobarde, a la amiga que sólo lo era por su propio beneficio y a la gente a la que le falta el valor para reprobar una mala acción, pensando conservar no sé muy bien qué a cambio de consumirse en la nada de una vida de perpetua huída ante los problemas. No espero nada del primero, menos aún de la segunda y tampoco un derroche de amistad de algunos terceros. "Si no eres ni frío ni caliente te escupiré de mi boca", decía Cristo, pero no tengo esa necesidad. Si ante los momentos duros me encuentro prácticamente solo ahora, tampoco es algo que me sorprenda ni vaya a hundirme. No me dejo hundir ya y he estado solo muchas veces. Hasta en los momentos de mayor oscuridad siempre hay una luz que tarde o temprano nos ayuda a encontrar el camino. Y puedo hacerlo solo y sin ayuda de nadie. Que me hubiese gustado tener un hombro en el que llorar no lo niego. Pero mi propia naturaleza me hace conducirme a ser más hombro que sujete y menos cabeza que se deje caer. Y me siento satisfecho y afortunado por poder pensar así.
Renuncio a guardar rencor. Renuncio a desvelar la verdad de quien es tan poco valiente que se ampara en la nocturnidad para conducir sus deseos lúbricos, por encima de cualquier clase de valor después presumido. Podría hablar mucho, largo y tendido, sobre todo aquello que la corta mente de algún pobre hombre derrama en cuanto tiene dos copas de más encima. Palabras necias que destruirían muchos juicios de valor, y cambiarían por completo la visión de mucha gente. Pero no voy a hacerlo. Haciéndolo, me convertiría en la misma clase de rata e hipócrita, y caería en el mismo error.
Renuncio a sentir pena por mí mismo. Tengo la satisfacción íntima de saber que siempre actué movido por lo que sentía y nunca en mi beneficio, y que incluso, en uno de los peores momentos de la vida de un hombre, no he reaccionado ni con violencia ni de forma servil. Lo di todo y me siento bien por haberlo hecho. No tengo nada que reprocharme a mí mismo ni nada por lo que desmerecerme.
A diferencia de otros, puedo decir orgullosamente que trato de actuar como aquello que afirmo ser.
A partir de ahora quiero mirar hacia delante. Sé que en algún lugar me está esperando mi pequeña princesa *, y que la distancia temporal y física que me separa de ella es una oportunidad y no un castigo. Aún me quedan muchas cosas que aprender, y tengo la vocación y la ilusión de hacerlo, para que cuando llegue el momento este Juan del corazón remendado esté completamente listo. Aquel amanecer precioso sucederá a esta noche que lentamente va apagando sus estrellas, en la que ando a veces desorientado, pero en la que tengo una mano invisible que me empuja y me sujeta cuando más perdido creo estar, y me rescata del abismo.
Se pasa otra vuelta de cuaderno. Espero no volver atrás ni revisarla muchas veces, aunque supongo que es inevitable. Entretando, miro a este cielo y a esta noche y me doy cuenta que en esta inmensidad cada uno de nosotros somos como una pequeña isla de la que constantemente salen y entran embarcaciones.
Hoy, de momento, me conformo sólo con pedirle al Padre que se acuerde de su hijo y se sienta honrado de poder ver cómo es capaz de levantarse ya solo cuando cae. Y que me cuide bien a mi niña hasta que sea el momento de que venga a la Tierra para que su papá pueda abrazarla.
Buenas noches.
* Postdata: Mi pequeña princesa es el título de uno de mis escritos, una carta que le dedico a la hija que sé que tendré años antes de que nazca. La escribí en noviembre de 2004, y tal vez algún día la colgaré en este blog. Solamente Paola, Mariluz y Marina han leído y recordado esa carta que permanece aún inédita.
El privilegio, por supuesto, no es casual.
4 comentarios:
Yo tengo dos hombros, Juan.
Para cuando uno sólo no baste.
Un abrazo cálido.
Te agradezco muchísimo ese hombro que me ofreces desde tan lejos, Marga. No esperaba menos. Te sitúas con ese gesto por delante de muchos.
Trato de llevar esta situación sobrevenida del mejor modo posible. Me ayuda mucho saber que di lo mejor de mí mismo, y que me llevo, aunque herido, un corazón limpio en el intento. Con el transcurso de los días he comprendido que no necesito personas tan frías y tan egoístas en mi vida, y que no me marcho yo, sino que se marcha ella, porque solamente ella me ha perdido, y aún no sabe lo que ha perdido y la miseria moral del sustituto elegido, aunque lo descubrirá muy pronto, y será ya tarde.
Yo he descubierto que no he perdido nada, y lentamente cualquier sentimiento que pude tener dentro está desapareciendo. El amor, para siempre. La amistad y el aprecio que sentía por esa mujer, seguramente también.
Pero por otro lado estoy contento,porque en los momentos duros de mi vida siempre hay una palabra de aliento o un gesto de personas que me aprecian y me quieren. En muchos casos, provenientes de lugares donde nunca sembré.
Un millón de gracias. Yo también tengo dos hombros que cada vez son más fuertes, por si los necesitas ahora o cuando lo precises. Jamás olvido gestos como el que tú has tenido.
Un abrazo cálido.
PD: Este comentario también te lo voy a colgar en tu página, para que puedas difrutarlo por partida doble.
Que casualidad, ayer mismo encontré muy bien guardado (tanto que creí haberlo perdido) "Mi pequeña princesa" públicalo y otros más que son maravillosos.
Ánimo y besos.
Mariluz
Hace años que no lo releo, Mariluz, y siempre he tenido mis recelos de publicar ese escrito. Por lo general, siempre que escribo lo hago de forma subliminal, amparándome en las letras para expresar aquello que quiero expresar. Cuando soy más directo sucede que es en la mayoría de las ocasiones en las expresiones críticas, pero los sentimientos desnudos, desprovistos de la forma de poema, los escribo muy pocas veces y por lo común no los publico.
Tú sabes cómo es Mi pequeña princesa:es sentimiento puro y duro y sin disfraz de mayor. Es mi parte más vulnerable, la de la paternidad. Es uno de los mejores afectos que alguien puede tener, el de un hijo. Y el lenguaje con el que lo escribí soy yo en mi más puro estado interior. Me siento muchas veces extraño cuando releo los escritos en los que expreso mis emociones positivas o nostálgicas. Me pasa con Los Raíles y los Días y me pasa con ese texto que forma parte de él.
No sé. Tal vez me decida un día a publicarlo aquí. Esa carta participó un concurso literario, pero dudo mucho que el jurado la leyese y mucho menos que alguien la recuerde, excepto vosotras tres, que quedáis mencionadas en la entrada. Sí me gustaría que alguna persona más la leyese. Entretanto, me alegra y me enorgullece que sigas conservando ese texto, a pesar de que hace cuatro años que lo escribí. Creo que algo de mí se queda, de algún modo, en algunas personas. Y eso es gran parte de lo que puedo desear en la vida.
Un saludo efusivo.
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