22 de diciembre de 2008

Sobre la promiscuidad (literaria) V

Pocos meses después, con casi todo mi bagaje académico acabado (faltaba el inicio de un doctorado que nunca he llegado a terminar: me ha podido el aburrimiento propio y ajeno) empecé a trabajar en una multinacional, y a dejar de depender de papá en lo económico. Fue entonces cuando pude empezar a comprarme libros de verdad.

Como mi primer trabajo serio se desarrollaba en turno de noche, el sueldo era lo suficientemente digno como para pensar en empezar a permitirme algún capricho que otro. Si dejamos de lado el tabaco, (mala) costumbre que empecé a cultivar de forma frecuente en Salamanca, en el mes de abril de aquel mal año de 2003, casi todo el gasto que hacía era en libros. Entre los primeros que cayeron hay dos de Nacho Ares (El Guardián de las Pirámides y El Enigma de la Gran Pirámide), otro de John Anthony West (La Serpiente Celeste), Hancock y Bauval (Guardián del Génesis) y algún otro más relacionado con la otra Historia. Después, en una noche un poco resacosa, un par de guapas y simpáticas (en fin…) empleadas de Círculo de Lectores consiguieron que me suscribiese durante un tiempo a esa editorial, donde compré más o menos quince libros: una colección de sabiduría oriental (Los Sermones Medios del Buddha, el Bardo Thodol, etc.) y otra sobre autoayuda filosófica, con algunos libros de Brian Weiss, de Osho y de algún otro autor.

Me iba cuidando mucho de no saturar la casa, porque apenas teníamos espacio ya, pero en abril de 2005 abandoné definitivamente Madrid para terminar en Alcalá de Henares, y aquí ya sí que pude tener un espacio donde poder guardar todas mis cosas. Empecé a frecuentar tiendas de libros de segunda mano y quioscos de prensa. A mí siempre me ha gustado más comprar títulos concretos que colecciones completas, pero salió una relacionada con Egipto, de Folio, y por ahí empecé. Después me suscribí a la colección Grandes Autores de la Lengua Castellana, que mencioné antes. Lo hice porque me atrajeron los primeros autores, que eran Neruda, Borges y Cortázar, palabras mayores, desde luego, pero después continué comprándola porque me pareció una obra de gran calidad. Aún no he terminado de leer todos los libros, pero sí he leído los de los mencionados y los de Unamuno. Larra, Bécquer y Carpentier y fragmentos de otros autores. El resto, con el tiempo.

El segundo de los mentados, que es hoy mi referencia absoluta de cómo debe ser una persona de Letras, como puede comprobarse en las citas que de vez en cuando preceden a las entradas de este blog, es Jorge Luis Borges. He leído toda su obra muy atentamente, pero creo que necesitaré más de mil años para poder abarcarla en su totalidad. El Aleph y Ficciones son dos auténticas obras maestras del relato corto, y creo que no serán jamás superadas. Inexplicablemente, o quizá precisamente por estar fuera de toda categoría, Borges no obtuvo el Premio Nobel que su irrepetible obra merecía. Cuando observo que ese mismo premio lo tienen otros autores de los de cuota, o auténticos desconocidos, me hago mejor idea de lo que esta clase de premios suelen esconder en sus entrañas: intereses creados (haciendo honor al título del libro de Benavente, que fue el que privó del mismo premio a otro gran, e injustamente, damnificado como fue Benito Pérez Galdós), modismos populacheros y recibos de afiliación de los de carnet y bocadillo al salir del meeting. Afortunadamente, la literatura prevalece, por encima de los bandazos ideológicos y demás extravangacias del hoy más inmediato.

Aquí hago un inciso: yo no soy de esa clase de decoradores que compran los libros por metros. Si compro un libro es porque me interesa, no para decorar salones o presumir. Si no lo puedo leer hoy seguro que acabaré haciéndolo mañana: me quedan por los menos cincuenta años para hacerlo, si me respetan la salud, las guerras nucleares, los asteroides y demás imponderables. Sí aprovecho las ofertas y compro incluso lo que no necesito hoy. Por ese motivo entre mis títulos no figuran demasiados autores de Best-Seller como King, Gordon, Rice o Follett, porque no me gustan sus obras, respetando por supuesto a quien sí le atraigan. También tengo muchos libros pensando en el mañana y no en el hoy: por eso tengo mucha obra descriptiva y menos narrativa, para que mis hijos, si algún día los tengo, puedan disfrutar también de la lectura y tengan el mejor apoyo para desarrollarse plenamente. Por eso tengo la Historia Universal de Salvat y la Historia de España dirigida por John Lynch, y varios libros sobre geología, física, ciencias naturales y astronomía. Me gustaría poder tener el tiempo y la fortuna de poder educarlos personalmente, y no conozco mejor medio que enseñarles, desde pequeños, a amar los libros. Si ellos quieren, claro. Porque esto es una vocación que se elige voluntariamente y no se impone. Pero por mí no quedará, si Dios quiere. No pienso despreciar la oportunidad de ser padre y resultar un descuidado.

(Continuará...)

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