Al suspiro hondo de la tarde.
Se perdieron lúgubres los caminos, la sed,
La necesidad acuciante que puede esperar.
Miro en el segundero de un reloj
Caer los segundos como plomos
Y los minutos como cañonazos lejanos
De mi ansiedad y de la fiebre.
¿Dónde se encuentra, pues, la niña
Que no acudió? ¿Se perdió
En el camino?
¿La perdió el azar
o la perdí yo?
Siento la respiración desesperar
Entre los estertores y los silbidos del humo
Condensada. Si fuera de plata este aliento
No sería más cortante, ni más metálico
Que el gozne del portón que siento cerrarse
Tras mi sombra.
¿Atacarás, corazón mío, la rebelión
De ser por una vez valiente y no hablar
Y no gritar hasta el silencio?
¿Querrás dejar de traicionarme por las esquinas,
Con tu retumbar de pasos perdidos,
Que hacen mi vida corredor, lejano
Y mi presencia advertible?
Ella no vendrá. No será hoy.
Tampoco fue ayer, aunque soñase
Ser la noche de los dos.
¡Tanto había preparado que se estropeará:
La música en el salón, el lecho
Apacible! Y tu espalda
y tu imagen reflejadas en el espejo.
Llorarán las paredes por tu ausencia.
Llorará el que las golpea por su impaciencia.
Pero llorarán lejos, porque aquí
No le es lícito al poeta llorar, sino escribir.
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