Al fin, parece que la inspiración poética me está abandonando de forma definitiva. A lo largo de este mes y medio largo habéis podido leer en esta página la sucesión de poemas que he ido escribiendo a lo largo de otros tantos días, más bien noches, de mi existencia. Dicen que la poesía no te abandona nunca una vez te toca con su viento, pero en mi caso viene a ser como una corriente subterránea de agua, que sólo emerge en circunstancias puntuales y por brechas abiertas entre las rocas. El resto suele ser granito o arena, según tiempos o preferencias.
En lo general o común suelo ser una persona que no revela sus interioridades. En lo sucesivo voy a amplificar ese parecer. He descubierto, a la vuelta de los años, que demasiado detalle de sensibilidad, y demasiada accesibilidad al mismo, suelen ser sinónimo de fracasos y distancias. Quiera Dios que esta vez se me desmoronen todas las teorías y pueda decir que estoy total y rotundamente equivocado, pero el camino que emprenden los hechos me conduce a este escepticismo. Por desgracia, suelo distanciarme poco de mis impresiones iniciales, cuando lo que me gustaría es fallar como escopeta de tómbola. Me tocó esa suerte en el reparto.
Es igual. Quiero ahora ensayar, en el cuaderno virtual que es La Casa de Sokar, una especie de guión de película: cómo se sienta una persona –no la llamaremos “escritor”, porque el título le quedaría excesivamente grande–, por qué se sienta y cómo es el proceso de crear una obra, por fútil, modesta o absurda que sea. Mi anterior intento poético, “Los raíles y los días”, tuvo una génesis diferente, porque fue escrito póstumamente y con todo el desarrollo cristalizado de principio a fin. El modo también fue distinto, porque usé la prosa poética con preferencia al poema, y simplemente fui rellenando los huecos que faltaban en el gigantesco tablero de mis recuerdos, y dándoles una forma más o menos bella para conservarlos.
Esta colección de poemas no acusa el mismo principio, ni está vivida de forma semejante, ni tiene un fin definido. Me senté a escribir Negación de tu retrato en una habitación desangelada de Madrid, un veinticuatro de agosto, creo recordar. Esa noche llegué a casa un poco –un bastante– pasado de copas, como con vergüenza tengo que confesar (en contadísimas ocasiones en la vida necesito recurrir al alcohol para domesticar mis fieras, pero últimamente he pecado unas cuantas veces), y no pude conciliar el sueño, algo que de por sí ya me cuesta cotidianamente sin ayuda de Guthrie o algún alma caritativa del estilo. Y entonces pensé en algo que pudiera calmar mis nervios y que no tuviera nada que ver con el alcohol que me estaba haciendo sudar de esa forma y que cambiaba el eje de rotación de la Tierra –es un decir– a cada instante. Mi vieja casa de Madrid es ya, única y escuetamente, paredes y suelo –tantum pellis et ossa fuit–, casi como un esqueleto sentimental de mi infancia. La impresión de una habitación vacía con una mesa, una silla, un calendario fijo en el mes de octubre de 2005 para siempre y un par de butacones desvencijados me abrumó, y me senté en aquella silla, totalmente desnudo como estaba a escribir lo que me saliera del alma. Me permito la confesión innecesaria de la desnudez porque conduzco ya mi existencia en términos absolutos, porque me da completamente igual lo que pueda opinarse de esa acción, y porque fue, en cierto modo, místico componer un poema vestido sólo con aire. Hubiera sido mejor aún componer otro poema con una presencia femenina contemplándome desde la cama ataviada con el mismo ropaje, pero de momento habrá que posponer esas evocaciones y contentarnos con ésta. Si a alguien le ha inspirado, puede hasta haber sido útil el exceso de detalle.
No sé si serían las cinco de la mañana, o las seis. Al principio no me salía absolutamente nada. Era verano, pero yo sentía esa clase de frío o tiritona que a uno le da cuando se acaba la fiesta y empieza la resaca (imagino que todo el mundo sabe de lo que estoy hablando). En un momento dado empezaron a piar los pájaros, o quizá ya piaban antes pero yo no me daba cuenta porque estaba saliendo del camarote. En ese justo momento, empezaron a brotar las palabras, en una incontinencia verbal que me golpeó las sienes. Me sentí como si estuviera dando a luz un sentimiento que era al mismo tiempo alegría y dolor profundo. Fue un momento extravagante, irrepetible. Diría que mágico, pero prefiero reservar la calificación para cosas un poco más tangibles y menos metafísicas.
Seguí con la racha y escribí también ese mismo día Deja que llueva, que fue como el verso del recto llamado Negación de tu Retrato: la contrapartida de la esperanza, o de la angustia. Del abandono. Siempre los días de lluvia me han traído la sensación de abandono al elemento y a la aceptación o la resignación, como facetas clara y oscura de la misma realidad prefijada. Por eso elegí la metáfora. Por eso y por el sonido de los pájaros y la evocación del amanecer que ya empezaba a filtrarse a través de las rendijas de la ventana...
(Continuará)
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