Hace unos años estas estructuras saltaron a la opinión pública por su carácter presuntamente artificial. En principio, p
arece que el hecho de encontrar esta clase de restos bajo las aguas del mar (en este caso del Océano Pacífico, lo cual son palabras mayores) carece de trascendencia. Pero si se observa detenidamente la cronología aceptada de los procesos geológicos uno se da cuenta de que encontrar un momento en que estas estructuras estuviesen por encima del nivel del mar tenemos que retroceder varios miles de años, hasta los momentos anteriores al deshielo producido al retirarse la capa de hielo formada durante la Glaciación de Würm/Wisconsin III, que provocó el aumento del nivel de la hidrosfera terrestre en varias decenas de metros. El problema de esta circunstancia, en el caso de probarse que las ruinas de Yonaguni son obra del hombre, es que cambiaría de un plumazo parte de lo que se sabe del desarrollo de la civilización, pues nos obligaría a retroceder hasta el año 10.000 BP, aproximadamente, el inicio de la misma Y eso, con los actuales paradigmas, sería en la práctica un escándalo académico que obligaría a revisar miles de obras y de pruebas arqueológicas.
Sin embargo, Schoch apuesta por el origen natural de las estructuras de Yonaguni. No sigue la opinión de West ni de los investigadores que han dado a conocer el misterio, Maasaki Kimura y Teruaki Oshii, y explica su génesis y conservación con mecanismos totalmente científicos, como puede comprobarse en este libro. Las implicaciones resultan obvias. Una tesis positiva hubiera supuesto un espaldarazo a la teoría de la redatación de la Esfinge, al encontrar al menos dos evidencias de civilizaciones desarrolladas milenios antes de que se suponga su existencia y capacidad. Por contra, Schoch realiza un análisis científico que, si bien no acaba negando la posible artificialidad del conjunto, sí sitúa la investigación en unos parámetros realistas y aceptables para la rigurosidad académica. Por tanto, lo fácil para el autor hubiera sido seguir la idea de West y Kimura y dejarse llevar por el entusiasmo y afirmar sin pruebas lo que no ha podido ser verificado todavía, y eso, en un tema tan espinoso y sujeto a posibles usos comerciales o malinterpretaciones, eleva la categoría del escritor muchos enteros. Yo no me postulo a favor ni en contra. Me faltan muchos datos para afirmar o desmentir lo acertado y equivocado de la tesis de Kimura o de la de Schoch. Pero planteárselo es ya de por sí sano e interesante.
Sin embargo, el capítulo más interesante de este libro es “Fuego y Agua”, en el cual se detallan diferentes teorías para explicar las consecuencias que distintos
sucesos geológicos tienen, o tendrían, para el planeta y por ende para las civilizaciones que lo han habitado. El vulcanismo; los terremotos (teorías de Robert Drews); las grandes inundaciones de los períodos interglaciales (C. Emiliani), las variaciones en la excentricidad de la órbita de la Tierra, la oblicuidad de su eje y la precesión (los Ciclos de Milankovitch); la Tectónica de Placas (Weneger y otros); el desplazamiento polar (Charles Hapgood); los movimientos de la corteza terrestre (Noone); el desplazamiento del eje (Strain); la desviación polar (Kirschvink); y por supuesto la ampliamente difundida teoría del Catastrofismo Coherente de Clube y Napier, que explicaré en un post aparte.
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