6 de septiembre de 2008

Escrito en las rocas, o cuando la Tierra habla (II)

Igual de interesante es el capítulo dedicado a la redatación geológica de la Esfinge de Gizeh, trabajo en colaboración con el egiptólogo John Anthony West (persona en extremo amable y muy versada, como he tenido la ocasión de comprobar en alguna conversación que he mantenido con él alguna vez) y Thomas Dobecki, sismólogo también estadounidense. Este estudio se publicó primero en la reunión anual de la Sociedad Geológica de América, siendo apoyado por una buena parte de la comunidad científica. Inevitablemente surgió la controversia y el escándalo al difundirse la teoría en la prensa escrita y en la televisión. Como consecuencia de ello, y tras la emisión del documental The Mystery of the Sphinx, se celebró una ponencia en la American Association for Advangement of Science, donde expertos favorables a la mayor antigüedad del monumento, representados por Schoch y Dobecki, defendieron su teoría contra parte de aquellos que la atacan, representados por el arqueólogo de la Universidad de Chicago Mark Lehner y el geólogo K. Gal Lauri.

Por lo que tengo entendido, creo que las espadas continúan en alto. La teoría de la redatación de la Esfinge de Gizeh —ampliamente desarrollada en el libro de John West La Serpiente Celeste (Editorial Grijalbo. Barcelona. 2002), que será objeto de otra entrada más adelante— tiene el atractivo de ser convincente y creíble por su enfoque científico y desapasionado, de estar tratada con rigor y, sobre todo, de ser ajena al endomorfismo académico. Por el contrario, tiene el absoluto rechazo de miembros reconocidos del stablishment egiptológico, como el supertelevisivo Zahi Hawass o el anteriormente mencionado Lehner. Estos expertos cuestionaron agriamente la teoría, que rompía por la mitad sus esquemas, férreamente encorsetados en aulas vacías (y sábanas frías, que diría Sabina; y perdón por la metáfora) e invadía sus sacrosantas parcelas de poder.

Y continúa. La teoría de Schoch es que la obra conjunta del monumento se abordó no en una, sino en dos fases, teoría con la que coincido ampliamente. Una primera se excavó muy probablemente siglos antes del reinado de Khafre —faraón al que se atribuye la autoría del monumento—, quizá con una morfología muy distinta, y como un proyecto que se adecuaba al entorno natural, con un león con cabeza de hombre o directamente una figura animal surgiendo de la Meseta. La segunda excavó los cuartos traseros y sí pudo ser abordada en época faraónica. A ello le conducen los estudios de sismología y estratigrafía efectuados para su trabajo, ampliamente documentados y que serán ocasión para otro artículo de este blog

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