Más tarde tuve una mesa en mi propia habitación, llena de porotos y trastos y papeles, en la que estudié la Selectividad, redacté prácticamente toda mi carrera universitaria y escribí mis cartas. El género epistolar siempre lo he cultivado y aún hoy, ya sea por lo personal o por encargo (aunque parezca mentira en los tiempos que corren he escrito cartas de amor para que otros se declaren a sus después novias [!]) sigo de vez en cuando escribiéndolas. No creo que deje de hacerlo nunca. En el viejo Pentium II reuní los fragmentos dispersos escritos en mi antiguo trabajo y acabé la primera redacción de Los Raíles y los Días en los últimos días de marzo de 2005. Escribí también otras cosas, que se perdieron, junto con prácticamente todo mi pasado cercano, en el fallo del disco duro, con gran dolor por mi parte, aunque andando el tiempo creo que fue lo mejor.
Y ahora tengo por fin mi propia guarida. Es una guarida modesta. Nada que ver con los despachos pomposos de ciertos magnates, más preocupados del continente que del contenido. Para mí, lo más importante es la funcionalidad, el hecho de sentirme bien conmigo mismo y con mi entorno, y tener a mi alrededor todos los útiles que necesito para desarrollar mi trabajo y mi afición. En sí mismo es un objetivo pedestre, sólo comprensible para los que les gusten los trastos de oficina y tengan el suficiente tiempo como para malgastar una tarde escribiendo.
Me encantan los artículos de oficina, es verdad. Si alguna vez hubiese puesto un negocio éste hubiera sido de guitarras o de papelería, invariablemente. Cuando era pequeño, sin embargo, era un niño desordenado que no cuidaba su material. Después de mi reencuentro con quien pudo señalar esa carencia, aunque con intenciones bien distintas, hoy esa primera fase ha dado lugar a otra en la que me gusta el orden y los entornos agradables y bien estructurados. Quizá porque mi mente, desde hace algunos años, está mucho más estructurada y valora la eficacia y la relajación por encima de otras variables. Quizá sea una manía también, pero me gusta ordenar mis cosas un poco por encima de la media y que mi entorno más inmediato sea un reflejo de mi persona. Es imposible escribir sobre la inmanencia, sacar a la luz un manual o simplemente sentarse a compartir impresiones si el círculo más cercano es un caos desestructurado.
Ésta es mi guarida, que hoy se presenta en público.
Tengo una mesa grande, porque necesito espacio. Tengo mi vieja Maritsa 30 a mi lado como recuerdo del principio, y un ordenador portátil modesto que sustituiré por uno un poco más potente y cómodo cuando pueda. Tengo mis asuntos administrativos en carpetas, cajas y cuadernos, para poder recurrir a ellos cuando lo precise de forma rápida y eficaz. Y tengo mis libros profesionales detrás, porque prefiero establecer una cesura entre lo técnico y lo metafísico. Si se observa la estantería de detrás también aparecen elementos anómalos, como algún libro de política o filosofía, pero son los menos. En todo orden siempre tiene que haber una grieta para que recordemos siempre que somos humanos y no seres perfectos.
Aquí es donde espero, en los próximos años, trasladar Ideas a la Materia. De aquí salen mis entradas a este blog, mis correos, mis comunicaciones y mis cartas con vosotros. Desde aquí puedo avanzar unos pasos y contemplar el campo, y dejar que mi cansada vista se recree con la lejanía y me traslade al almacén cercano de mis recuerdos. Desde aquí saldrán los cuentos que no he terminado, las historias que no he escrito y todo aquello que esté por venir. Aquí, en cierto modo, estáis todos también, comunicados por el cordón umbilical de la tecnología y mi propia persona, que os recuerda y piensa en vosotros. En esta mesa caben más sillas que la propia.
2 comentarios:
Pues bien bonita y chula que es.
Se te sigue echando de menos por casa; espero que tal ausencia no sea por motivos de salud.
Yo también estoy contenta con mi guarida. Aunque compartida, es mi rincón preferido de la casa.
Donde soy más yo.
Un beso.
Lo principal es tu inteligencia y vocación, pero también ayuda tener un lugar en el que te sientas bien para poder dar rienda suelta a ese "coco" tan privilegiado que tienes.
A mi en lugar de una papelería me hubiese gustado tener una librería.
Besos
Mariluz
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