Cuando tenía doce o trece años me gustaba siempre pensar que cuando fuese mayor (ay, qué idea tan equivocada tenía entonces…) sería profesor o, cuando menos, tendría un despacho en el cual poder tener todos mis librotes y una mesa grande, inmensa, para poder desparramar sobre ella todos los papeles y las cosas que estuviese haciendo.
A día de hoy mi futuro no se parece prácticamente en nada a aquel que imaginé en los cochambrosos pupitres de mi colegio de entonces, llenos de muescas, garabatos y desconchones, pero en mis vocaciones más tardías he podido completar ese sueño. Con el paso de los meses he podido por fin conformar una guarida en la cual poder alejarme del mundanal ruido cuando lo desee o, por el contrario, permanecer conectado a él, aunque sea con los medios del mundo moderno.
Por dos reales (nada que ver con el despacho fastuoso de Emilio Pérez-Touriño. Vergüenzas más escandalosas contemplaremos. Uno piensa siempre para qué quiere tanto despacho un político, si la mayoría de ellos no escriben un papel y algunos apenas han pasado del bachillerato y ni siquiera saben hablar) me he gobernado una esquina desde la que puedo ser yo mismo y dar rienda suelta a mis pasiones de escribir o a los proyectos que tengo pendientes (léase aprobar mis oposiciones y terminar el par de libros que he empezado, por este orden). En este pequeño rincón ya he empezado a parir —es un decir— alguna que otra brevedad, entre ellas las entradas de este blog y parte de un libro técnico (sobre el Impuesto de la Renta, porque las actualidades no dan para mejores versos), pero con el tiempo espero ampliarlo a todo lo que tengo pendiente.
La conformación del espacio físico para la creatividad tiene mucha más importancia de la que parece. En especial para quien, como un servidor, cultiva el impresionismo emocional. Tal y como yo escribo (habrá otras muchas formas, cada uno tiene que elegir la suya) el proceso de la composición tiene tres partes bien diferenciadas, que son como los compartimentos intercomunicados del todo que pretendo.
En primer lugar está la impresión, aquello que me mueve a escribir. Por ese mismo impresionismo el motivo puede ser un viaje en autobús, un amor perdido o la necesidad del orden. Es el impacto inicial, el casus belli de la guerra que se mantiene entre la inspiración y la plasmación física o mental del reflejo que provoca en la persona. Ese escenario siempre es distinto, porque es necesario que así sea. En lo personal, tengo la suerte —o la desgracia— de tener una memoria relativamente aceptable, por lo que la mesa de trabajo, en este embrión, abarca todo un mundo, desde el material hasta el emocional, pasando por todos los tiempos verbales y todos los escenarios posibles. Una puesta de sol en una carretera mientras viajo, un nacimiento, una desilusión o simplemente el afán de conocimiento activa el mecanismo, no como el motor inmóvil de Aristóteles, sino como una generalidad que, súbitamente, necesita tomar un cuerpo para manifestarse.
A ese proceso los clásiscos lo llamaban la Idea. La mayúscula es imprescindible, porque volviendo la vista de nuevo a los griegos (a Platón y a Plotino, por ejemplo) soy de los que creo que existen sustratos inmanentes que están, pero que necesitan de un vehículo para relacionarse con el mundo. Puede ser el afán de inmortalidad de Borges, el deterioro del paso del tiempo de García Márquez o la Matilde de Neruda, o puede ser el dolo eventual del delito de lesiones, o el cisne que vuela en la imaginación de un niño, o un tratado de física cuántica. Pero es. Sólo necesita que alguien lo revele, lo retome o lo modifique.
Todo está ahí, esperando ser desvelado. Nada es nuevo porque todo ya existe, en algún sitio o en esa Mente inmensa a la que suele llamarse Dios. Un escritor —o su aprendiz, de ahí lo de escribano— sólo juega con la causalidad y la necesidad de plasmarlo, como una novedad o como un nuevo viaje a la misma ruina o edificio.
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