La semana pasada no fue mucho mejor, en lo que a cuestiones de salud se refiere. Pero esta vez la pachuchez me ha hecho reflexionar.
He tenido que ir tres veces al hospital, de nuevo. Con lo poco que me gustan los goteros y lo mal enfermo que soy (porque no me pongo enfermo casi nunca, no me gusta estar débil y tampoco me lo puedo permitir). He pasado miedo, para qué voy a mentir, porque pensé que lo que me estaba sucediendo era más grave que lo que luego ha resultado ser. Afortunadamente, tengo la suerte de que en los malos momentos siempre encuentro buenas personas en mi camino, y la doctora que me atendió era un encanto de persona y una profesional como la copa de un pino. Lo indicado para palizas como yo, que no saben estar malos.
Mientras estaba tumbado en la camilla, viendo a los médicos y temblando no sé muy bien por qué, me ha dado por pensar.
Siempre elijo los peores momentos para pensar, parece. Pero esta vez está plenamente justificado. El último de mis avatares tuvo lugar el sábado, y se vio agravado por una situación previa bastante desagradable. Mientras pasaba la noche allí, preocupado también por mi madre, que estaba fuera sin saber qué me sucedía, llegué a la siguiente conclusión:
Nada en la vida es tan importante como la salud.
Nada es tan importante como para andar preocupándonos demasiado por ello.
Nadie es tan importante como para perder la calma.
Y, sobre todo,
Que tenemos la obligación de ser felices, aun con las cosas más pequeñas.
Estoy ya bastante harto de darle importancia a las gilipolleces. Me puedo sentir afortunado por VIVIR, simplemente, y por poder hacerlo con la calidad de vida con que lo hago ahora. Todo lo demás puede esperar. Me da rabia no ser todo lo feliz que puedo ser precupándome de estupideces que son como caminos circulares, sin comienzo ni final. He pasado muchos años anhelando cosas que no han llegado y, mientras tanto, la vida ha seguido corriendo. Para mí y para los demás. Me enfurece elegir en muchas ocasiones el camino de la melancolía, cuando hay tantas cosas que me gustan, tanta vida por ver y tantas personas por descubrir. ¿Que hay quien no ha valorado lo que le he dado? Peor para él/ella. ¿Que hay quien se fue y me dejó con la nostalgia? El/ella lo eligió.
Algunas cosas pasaron hace meses. Otras, hace años. Pero sigo aquí, y tengo la obligación física y moral de ser feliz. Física, para que no me afecte a la salud y la gente que me quiere no tenga que preocuparse por mí ni sufrir. Moral, porque hay personas con muchos más vericuetos que sin embargo encajan con una sonrisa los malos golpes.
Hay que reírse. Hay que disfrutar de lo poco o mucho que tenga uno, sin volver tanto la cabeza hacia atrás o hacia adelante. Que produce vértigo (y no es una sensación agradable, doy fe).
A veces es necesario que la vida te dé un sopapo de los de verdad para que reacciones. Espero haber aprendido esta lección.
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