6 de marzo de 2009

La guarida del escribano (y III)

(A ver si los achaques de este personaje le permiten volver a retomar de continuo el blog. Andan mis ojos, mi espalda y mi riego sanguíneo un poco perjudicados en el último mes, pero al principio la cosa pintaba bastante peor. Demos gracias por lo que tenemos, y no recordemos aquello de lo que carecemos).

El tercer paso, la tercera fase del proceso es la propia plasmación, la conversión de la Idea en Materia de la que hablaba antes. Sin los dos pasos previos es prácticamente imposible llevar a la práctica la teoría de la física negada de tu propio ser humano. Los libros son físicos. Las hojas, el papel de cuaderno, hasta nosotros como personas somos limitados, tangibles, temporales y sujetos al devenir. Pero todo aquello que no se manifiesta no resulta revelado, y entonces la naturaleza se ve traicionada porque el talento que guardamos no puede verse convertido en dos o en ciento. Es el dharma de cada uno: para algunos, dar lo mejor en aquellas cualidades con las que se ha nacido o se ha renacido —se ha aprendido a convivir o desarrollar— en el mejor modo posible. Uno nace con pocas virtudes, pero puede desarrollarlas a base de esfuerzo. Escribir, ser bueno escribiendo, convertirse en escritor de verdad después del transcurrir de las estaciones es una tarea difícil, pero no imposible si se persevera y nace natural, no como un hijo enfermo de la improvisación y la carencia.

La propia conversión a la materia lleva aparejada la imperfección. Escribir es retomar, corregir, borrar o destruir. La Idea permanece, pero la sustancia es plástica y está sujeta a manos imperfectas. Y sin embargo, esta parte del proceso también es necesaria. No se trata de un ensayo y error, sino de la lucha entre el caos y la estructura, entre la fealdad y la belleza, entre lo estético y lo amorfo. Entre la inmortalidad y la finitud, en definitiva.

En ello estamos. Hay que aprender a ver, además de mirar. En una siguiente entrada explicaré un poco mejor esta frase, que me ha noqueado completamente, y el modo ciertamente extraño, mágico y totalmente paranormal en que he podido contemplarla. Es la primera vez que tengo una experiencia de ese tipo, y he tenido que esperar a que mi vista y mi equilibrio físico y mental haya tenido un desfallecimiento para poder llegar hasta ella.

Y eso es todo. Estos espacios cuestan cientos de miles de euros menos que los del cacique de turno (invariablemente, sin distinguir entre rosas o gaviotas, como es costumbre de la casa), pero tienen mucho más empaque y desde luego un ánima propia. Se van construyendo día a día no sólo con madera y papel, sino también —y mucho más importante— con trozos de personas. Con risas y con lágrimas. Con sudor y con disfrute. Con todo, vaya. Porque los rincones del cuerpo son en muchas ocasiones el refugio del alma y del corazón de quien se acurruca en ellos, y de aquellos cuya esencia revolotea, impávida, entre sus cuadernas.

(Esto último ha quedado un poco recargado, pero ea. Ahí queda eso).

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé... dices que no te consideras todavía escritor por el hecho de no haber leído lo suficiente, pero te permites el lujo de dar clases de creación literaria y de literatura.

No eres escritor pero tienes el ego de uno de ellos, si algún día escribes algo de calidad, se te explota.

Porque leerte es como releer algo releído (bonita redundancia). Dices cosas obvias todo el tiempo, reflexionas sobre asuntos que están ya manidos por cientos de miles antes que tú (lo del carácter comercial de San Valentín y la Navidad lo dice mi prima de 7 años sólo de repetir lo que se dice por la calle), se presiente tu opinión a kilómetros y se descubren tus mentiras. Tú no lees tanto como dices que lees, ni te acercas a escribir como dices que escribes.

Careces de estilo, eres un corta y pega barato, un collage de folletines y novelas de Pérez Reverte, pero sin intriga. No tienes imaginación, ni talento, ni estructura, ni cultura. Pero es que para escribir bien no hace falta éso, sólo valentía y parece que cuando escribes te está vigilando tu papá que te dice que es lo correcto y lo que no.

Juan dijo...

Afortunadamente, en esto del mundo de la informática es relativamente sencillo ver quién publica en el blog personal de uno y desde dónde lo hace. Incluso, la hora a la que lo hace y hasta el lugar físico desde dónde lo hace.

Si a todo eso se suma que el estilo me es totalmente conocido (aunque con las faltas de ortografía disimuladas), y la motivación y propósito también, es todo un honor para mí esta entrada tan amorosa.

Éste es un blog personal, ni más ni menos. No está pensado para grandes multitudes. Cuando lo abrí pensé que nunca nadie entraría en él, y por eso me permito el lujo de escribir lo que buenamente me sale de la cabeza, cuando puedo, que no es siempre. Si te gusta leerlo, eres bienvenido. Si no, tienes cientos de miles de páginas en internet que seguro son más interesantes que ésta para tí.

Por eso que escribo lo que quiero, me puedo permitir el lujo de ser redundante, o de imitar, según dices (opinable eso, por otra parte). Como si me da un día por pegar el Editorial de El País. Porque no tengo ningún afán de ser original. Si tengo cosas originales no suelo mostrarlas en público, o como mucho, se las muestro sólo a las personas que me merecen la pena.

Aunque el anónimo esconde muchas cosas, no puede esconder otras, como son el rencor o el odio. No me preocupa. El mismo hecho de que hayas invertido diez minutos de tu vida en opinar en algo que ni te va ni te viene dice mucho del interés que puedes tener en hacerlo. Con el tiempo pasado, ya deberías estar en otros registros.

A mí, como podrás comprender, me importa bien poco. No voy a borrar tu comentario, porque no veo la necesidad de hacerlo. A mí las críticas no me molestan. Cuando son constructivas las atiendo. Cuando son destructivas y anónimas, simplemente las ignoro. Tampoco voy a dejar de escribir lo que quiera en este blog, porque hay otras personas a las que sí les gusta lo que leen. Y sencillamente, porque me lo paso bien escribiendo. Es algo que me gusta, y no voy a dejar de hacerlo por comentarios como éste. Peores cosas he leído, he visto y he escuchado, y aquí seguimos.

Insultar, y más cuando se hace de forma (fallidamente) anónima a quien deja a la altura del betún es a quien lo hace, no al que lo recibe. Yo escribo siempre con mi nombre, porque me gusta hacerme responsable de mis palabras, de las que no quito ni una coma. Pero tú tienes que escribir de forma anónima porque nunca te has atrevido a decir lo que piensas de forma pública ni a quien se lo tienes que decir. Tú mismo.

Con los años que va teniendo uno ya no necesita que su papá le diga cómo tiene que pensar. Quizá esa reflexión te la deberías hacer tú mismo, si has obrado como debías, que creo que va a ser que no, y de ahí la rabia y frustración que sientes, y los palos de ciego (permíteme esta ironía, pero es que me lo estoy pasando bomba) que das. De los actos, las consecuencias. Pura lógica de la vida.

Para finalizar, la próxima vez que sientas la necesidad de desahogarte puedes publicar tu nombre para hacerlo. No para mí, que ya sé quién eres, sino para que los demás lectores de este blog te conozcan, y se pueda establecer un debate constructivo. Aunque quizá, en ese caso, no valga mentir, y eso, cuando la costumbre está tan arraigada y es tan notoria para muchas personas, no es nada fácil.

Cuídate de lo tuyo, y trata de disfrutar con las cosas que tienes, y no viendo lo que hacen los demás.

Sin rencor.

Juan dijo...

Anónimo pretendes ser porque eres cobarde, no porque quieras erigirte en paladín de nada constructivo. Afortunadamente, mi lista de enemistades se reduce a dos o tres personas, como mucho. Si a eso le sumas los marcadores para blog, los métodos para desvelar las IP fijas y, sobre todo, la hora a la que escribes, que no es precisamente hora de que las personas que trabajan estén despiertas, salvo que trabajes como policía o pocero, la verdad es que lo pones muy fácil. Reduces la búsqueda a dos personas, o a alguien que escriba por instigación tuya (que también sería falta de personalidad, vaya), y viene a ser lo mismo.

Ni hay ni habrá duelo. Ya hubo tiempo de eso y saliste corriendo. Por mi parte, si lo que pretendes es reventar un blog, lo llevas claro. Cada mensaje que escribas, cada mensaje que borraré. Es que ni siquiera me los voy a leer en cuanto vea que son tuyos.

Y fin. No te voy a dedicar más tiempo. Ni lo mereces.