La historia, en forma de diálogo, me llegó hace unos días en forma de correo reenviado por una buena amiga y lectora de este blog. A pesar de haber leído un par de biografías del personaje en cuestión jamás había escuchado este relato que me puso los pelos de punta.
A nadie que me lea con cierta continuidad se le escapa que soy persona de convicciones religiosas, aunque jamás hago proselitismo de ello ni soy de los que largan encíclicas sobre la materia, porque ni estoy capacitado ni considero que deba ser ésa cuestión pública. Todos mis posicionamientos ideológicos, filosóficos o culturales corren muy al margen de esas creencias, precisamente porque respeto las creencias (o las no creencias) de los demás, y porque considero que ésa es mi parte más íntima, casi como una relación y siento hasta pudor cuando hablo sobre ello. Cuando lo hago, que es en contadísimas ocasiones.
Sin embargo, en los tiempos que corren, en los que tan denostada está la fe y tan manipulada o tergiversada por unos y por otros, encontrar historias como la que voy a transcribir a continuación son como un manantial de agua en mitad de un páramo. Refleja parte de mi pensamiento y la destrucción de contradicciones aparentes, pero carentes del más mínimo sentido.
Y ya guardo silencio. Que hable la Historia.
Nota: Aguarda hasta el final del relato para conocer el final. Es más desconcertante.
Hecho ocurrido en 1892, verdadero y parte de una biografía:
Un señor de unos 70 años viajaba en el tren, teniendo a su lado a un joven universitario que leía su libro de Ciencias. El caballero, a su vez, leía un libro de portada negra. Fue cuando el joven percibió que se trataba de la Biblia y que estaba abierta en el Evangelio de Marcos. Sin mucha ceremonia, el muchacho interrumpió la lectura del viejo y le preguntó:
- Señor, ¿usted todavía cree en ese libro lleno de fábulas y cuentos?
- Sí, mas no es un libro de cuentos. Es la Palabra de Dios. ¿Estoy equivocado?
- Claro que lo está. Creo que usted, señor, debería estudiar Historia Universal. Vería que la Revolución Francesa, ocurrida hace más de cien años, mostró la miopía de la religión.
Solamente personas sin cultura creen todavía que Dios hizo el mundo en seis días. Usted, Señor, debería conocer un poco más lo que nuestros científicos dicen de todo eso.
- Y... ¿Es eso mismo lo que nuestros científicos dicen sobre la Biblia?
- Bien. Como voy a bajar en la próxima estación no voy a tener tiempo de explicárselo, pero déjeme su tarjeta con su dirección para mandarle material científico por correo con la máxima urgencia.
El anciano entonces, con mucha paciencia, abrió cuidadosamente el bolsillo derecho de su bolso y le dio su tarjeta al muchacho. Cuando éste leyó lo que allí decía, salió cabizbajo, sintiéndose peor que una ameba. En la tarjeta decía:

2 comentarios:
Me alegro que te gustara y lo hayas publicado.
Besos
M. Luz
Lo he publicado porque cuando lo leí me encantó... El chasco que debió llevarse el estudiante de Ciencias...
Desconocía esa anécdota de la vida de Pasteur, y me ha parecido una entrada muy idónea. Ultimamente no puedo escribir mucho, porque ando un poco perjudicado de salud, pero sí me leo los correos que me enviáis.
Muchas gracias por éste.
Publicar un comentario