Para mí, el libro más flojito de la serie, pero sólo en su primer tramo. Una vez superado el malentendido que se produce en el tercer tomo, Ayla y Jondalar emprenden el viaje de vuelta a la tierra de los Zelandonii. Las primeras 300 páginas se vuelven monótonas, interrumpidas de vez en cuando por las ocasiones en que los personajes se conocen (bíblicamente hablando) un poco más (y a pelo, oigan). Para estos encuentros quizá hubiera sido más útil el recurso bibliográfico de "véanse páginas XXX y siguientes", pero cuando la novela avanza y los dos personajes van reencontrando a todos los pueblos que Jondalar conoció en su viaje de ida, de nuevo los derroteros vuelven a su calidad inicial. Sharamudoi, Losadunai,… sin embargo, uno se queda con ganas de saber qué fue de Serenio y si tuvo al “hijo del espíritu” que creía esperar, y más de lo mismo con Noria, también seducida por esta especie de latin lover con lanza del Magdadeniense. Da la impresión de que Auel pierde fuelle en la última parte del libro y quiere terminarlo a toda costa, lo que nos deja un poco con la miel en los labios.
Especialmente interesante es el pasaje vivido en tierras de los S'Armunai, con esa rebelión de las mujeres encabezada por Attaroa y sus “lobas” (su significado no es el que parece), y el desenlace del embrollo.
Ojo al parche. Desde la última parte que he mencionado los detalles ya son importantes para el quinto libro. Tanto un personaje mencionado por S’Armuna como la visita a los Lanzadonii de Dalanar y Joplaya son de vital importancia para entender Los Refugios de Piedra, así que merece la pena detenerse un poco y leer este último tramo con más atención.
El libro finaliza con la llegada de Ayla, Jondalar, Lobo y los Caballos a la Novena Caverna de los Zelandonii, y el reencuentro con su familia, así como las inquietudes de Ayla por saber cómo será aceptada entre esa comunidad.
Los Refugios de Piedra
La historia avanza y con ello el ansiado (por todos) aumento de la familia. Después de la celebración de la Asamblea Estival de los Zelandonii, con asistencia de Dalanar y toda la caverna de los Lanzadonii, nuestros dos personajes por fin pueden entonar (hasta la fecha) aquello del y comieron perdices. Se casan en la Asamblea Estival y meses después viene el churumbel en forma de nena llamada por su madre Jonayla (antes, como ahora, son ellas las que deciden siempre). El bueno de Jondalar se permite expresiones como “mira, si hasta tiene uñitas…” que harán las delicias de las féminas lectoras de la saga y de corazón tierno (hasta a mí me emocionó ese detalle paternal, ains), y Ayla tendrá que debatirse entre sus obligaciones de mamá y esposa y la llamada de la Zelandonia, pero eso será otro cantar para un próximo libro, pues éste termina de forma bien abrupta, dejando a todos los lectores con ganas de ir a la casa de la Auel con antorchas en las manos para obligarla a que siga escribiendo.
Me resistí a comprar Los Refugios de Piedra hasta hace bien poco, sabiendo de antemano que de momento no existe ese sexto libro del que he hablado antes, aunque parece que la autora ya lo está escribiendo, ambientándose en la cultura franco-cantábrica (todos rezamos porque la salud de Auel, que ya tiene 70 años, siga como ahora y no nos deje con la miel en los labios). Traté de saborearlo bien y que me durase tiempo, pero encontré una edición de bolsillo en la tienda de libros donde me dejo el sueldo con regularidad y me lo liquidé en menos de cinco días. Así que ahora me aguanto y espero como todo el mundo, que si otros tuvieron paciencia de aguantar 12 AÑOS entre el tercer y el cuarto libro, bien puedo esperar yo una fecha que suplico que sea menos larga. París bien vale una misa, y tal.
Como en estos años definitivamente me dejé seducir (a falta de otras seducciones, vaya) por la Prehistoria, aprovechando un concierto con mi anterior banda de rock psicodélico-revisionista a Puente Viesgo, en Cantabria, visité las Cuevas del Castillo y de La Pasiega en noviembre del año pasado. Un guía más o menos decente, un sitio absolutamente mágico, y unas cuevas inmensas en las que la Historia (la Prehistoria, en este caso) se masca en el ambiente como si fuera una película de rocío. Aprovecho la ocasión para recomendar la visita a mis numerosísimos lectores (!), para que comprueben la arquitectura de la piedra caliza, el sorprendente clima que reina perpetuamente en la caverna y las pinturas y sorpresas que esconde. Como siempre, vuestras preguntas serán más numerosas que las respuestas.
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