Discrepo abiertamente de las críticas que reciben los libros de Los Hijos de la Tierra a partir de su segunda parte, por considerarlos triviales y lejanos a la calidad del primero. Cierto es que en ocasiones las descripciones de paisajes, geología, tipología y tecnología pueden aburrir al menos puesto en temas prehistóricos, pero quizá por eso podemos movernos con soltura por los diferentes escenarios de esta historia. La autora se ha documentado profusamente y se nota, tanto en el modo en el que es capaz de reflejar la vida de aquellos hombres del paleolítico como en aquello que sus ojos vieron y sus sentidos percibieron.
Tampoco es menos verídico que a lo largo de los cuatro libros se repiten muchos datos que aparecen en los tomos anteriores, especialmente la vida de Ayla con el Clan y detalles de la crianza de los animales. Ese defecto es más sensible al contemplar la obra como un todo, en lugar de sus partes. Mucha gente comenta en Internet que se le hace monótona la repetición de esos detalles en los libros más avanzados, pero creo que, sutilmente, esa misma repetición consigue que nos sintamos tan implicados en la historia. Si literariamente la redundancia es sinónimo de relleno y de escasez de ideas, no creo que éste sea el caso. Por el contrario, casi como en un cuento, la repetición ofrece matices que permiten una mejor construcción de los personajes y su entendimiento con otros seres humanos, más acentuado en el caso de Ayla, por supuesto.
Otra crítica frecuente es la, según muchos, excesiva perfección del personaje femenino, por el cual Ayla se transmuta de la niña fea del Clan en una especie de Antoñita la Fantástica que todo lo sabe hacer (menos cantar). No veo exceso de feminismo en ello, sino un intento de aunar los logros de muchos de nuestros ancestros en un personaje visible y que nos sea cercano. Por otro lado, el pasaje del campamento de los S’Armunai lleva implícita una crítica a ese feminismo radical que tan nocivo es para el entendimiento de la filosofía de la Gran Madre. Lo burdo, lo falaz o lo forzado no tienen cabida en ese entendimiento, y así se pone de relieve en detalles no tan aparentemente importantes como los Primeros Ritos, los Placeres, los esponsales o la vida en pareja descrita como típica en la Edad del Hielo. Además, el personaje de Jondalar viene a ofrecer el contrapunto necesario, creando una unidad de la duplicidad y entendiendo a la Pareja como forma de culminación y complemento de esa dualidad.
Otras cosas pueden pasarse por alto, como la crítica a que la domesticación de caballos y otros animales tuvo lugar en fases más tardías de la evolución humana, o que los neandertales quizá no poseyeron un aparato fonador lo suficientemente desarrollado como para articular sonidos fluidos (teoría esta última desmentida por recientes estudios).
En resumen: una grandísima obra, que recomiendo desde estas páginas y que os enganchará de principio a fin.
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