20 de noviembre de 2007

Con la música a tantas partes... (II)

Mi primer grupo se llamó “Los Flemas”. Así como suena. Mi primer concierto, con diecisiete años en un local de Puerta del Ángel del que no menciono el nombre. Seguro que los tenderos del barrio me estarían agradecidos, por el aumento de las ventas de género que tuvieron ese día (es un decir)

Con diecisiete años, tras varios cambios de tumbo y de posada, recalé en un lugar del que hablaré posteriormente. Allí ya empecé a ver la cosa desde otro punto de vista.

En aquel lugar había un coro, y lo que es más importante, un nuevo repertorio de instrumentos que se podían trastear. Con ese nuevo grupo de amistades, que compartían conmigo gustos musicales y estilo de vida (al menos el de aquel entonces) puede decirse que me sumergí ya definitivamente en la música. En aquella sala que recordaré toda la vida había (creo que aún hay) un piano de época inmemorial, con poca tensión en las teclas y muy gastado, una guitarra Fender acústica, una batería Shiro aún más antigua y una mesa de mezclas de la época de Jondalar y Ayla, más o menos. Pero sobre todo, había un extravagante bajo Hohner.

Ese bajo (el Hohner The Jack) era extraño sólo por la forma (de los que no tienen clavijero, llamados Headless, y se afinan en el cordal). Ya desde los catorce más o menos venía escuchando música tipo Beatles y demás, y en el coro de la anterior parroquia simulaba líneas graves con la guitarra, así que el bajo me parecía un instrumento muy interesante y totalmente a descubrir. La primera vez que toqué sus cuerdas me quedé muy sorprendido. Acostumbrado como estaba a las finas cuerdas de nylon de una guitarra española, el entorchado de una cuerda de bajo me pareció extraño e imposible de tocar.

Pero lo toqué. Empecé pidiéndolo unas cuantas veces y siguiendo con él las canciones que tocábamos todos los domingos. Al principio sólo usando las tónicas para cada acorde, porque un servidor jamás ha tomado clase alguna para aprender escalas y técnicas de púa —eso lo he aprendido más tarde con la práctica—, y después componiendo pequeñas y modestas líneas un poco más elaboradas, fijándome en Paul McCartney e intentando hacer algo parecido.

Como el Hohner era un instrumento que pertenecía a otro conjunto, y ya por aquel entonces (dos años después de mi primer contacto con él) era uno de los directores de ese coro, decidí comprarme mi propio bajo. Aunque por esa época ya escuchaba cosas como Led Zeppelin y Queen con cierta asiduidad, mi “formación” musical ha sido siempre muy sesentera, así que sin tener ni idea de sonidos u otras características decidí comprarme en octubre de 1999 un modelo bastante vintage: un Epiphone Rivoli. Después no me he arrepentido para nada de comprarme este modelo. El Rivoli es un bajo un poco extraño, sobre todo si te gusta hacer música demasiado fuerte o tocar con púa. Es semisólido, tiene una escala corta y se parece al Epiphone Jack Cassady del mítico bajista de los Jefferson Airplane. Al ser un bajo pasivo no permite muchos alardes de potencia, pero para el tipo de música que le saco yo (blues, rock & roll, country y un poco de otras cosas) me viene perfectamente. Tiene un sonido bastante gutural y muy a madera, lo que le da un tono aterciopelado que a mí me encanta, especialmente para canciones lentas o muy sincopadas. A veces, si quiero tocar algo de funk o cosas más bastas echo de menos que esté preamplificado y tenga pastillas un poco más potentes, por aquello del slap, pero tampoco era algo que pretendiese en mis inicios. En un futuro, cuando mi economía me lo permita, sí me gustaría tener un bajo como el Rickenbacker 4003, que sí me viene mejor para las nuevas técnicas y tiene más pegada.

De momento, tampoco me puedo quejar.

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