29 de octubre de 2007

Los Hijos de la Tierra (II)

El Valle de los Caballos

El segundo libro ya nos muestra a mi supermujer Ayla (ojalá existiera una como ella en mis cercanías o lejanías actuales) viviendo como Dios le dio a entender en un valle perdido, intuyo que por tierras de Ucrania. Hace acto de aparición el partenaire Jondalar, viajando (sin saberlo) a su encuentro desde la tierra de los Zelandonii (más o menos en la Dordoña francesa) junto al Río de la Gran Madre (el Danubio) acompañado por su hermano Thonolan. El libro va alternando la vida de uno y de otra, junto con las peripecias que viven, sobre todo los hermanos, al atravesar numerosos pueblos en su Viaje.

El encuentro de Ayla y Jondalar se produce en unas circunstancias no muy felices, pero como en las buenas historias, el amor surge casi inmediatamente. Muy de reseñar es el choque de los convencionalismos de ella con los de él (que se pone de relieve con mayor intensidad en el tercer libro), casi como un libro de historia actual y el famoso “choque de civilizaciones”, así como las numerosos y detalladísimos pasajes de sexo explícito entre los protagonistas (si eres de los/las que se impresionan fácilmente, mejor lee el libro en la intimidad de tu casa).

Este libro es diferente al primero, no sólo porque la vida de Ayla ya se desarrolla en un entorno distinto al neandertal, sino también porque hace acto de aparición, para no marcharse, el elemento emotivo, que quizá sea el que más engancha al lector. El Valle de los Caballos ya no es sólo un estudio prehistórico, sino una historia. Lo primero está muy bien para aquellos a los que nos gusta esa clase de conocimientos, pero lo segundo, creo, es fundamental para enganchar a un lector.

No menos importante es la aparición del concepto espiritual de la Gran Madre que ya estará presente a lo largo de toda la obra, con sus nombres de Mut, Mudo, Donii y demás etcéteras. Al leerlo recordé casi inercialmente la tesis Gaia de Lovelock y los estudios de Charpentier, Campbell, Atienza y otros sobre la cultura de la Diosa Madre primitiva, relacionada con los ritos de la fertilidad, si bien en este caso el transfondo no es lo que parece.

La relación con el mundo animal a través de Relincho (Whinney) y Corredor también hace aquí su presentación, junto con Bebé, el león Cavernario que sólo aparece en este volumen, pero que será mencionado posteriormente en numerosas ocasiones.

Los Cazadores de Mamuts

En el tercer libro, el nuevo tándem de superhéroes formado por Ayla y Jondalar se encuentra con la primera comunidad numerosa de los Otros que nuestra rubia favorita conoce: los Mamutoi, los cazadores de Mamuts. Considero este tercer libro como la continuación de las disertaciones espirituales que ofrecía el primero, y que apenas aparecen en el segundo. La presencia de los chamanes (llamados en los diferentes libros Mamut, Shamud o Zelandoni, entre otros, y en función de la pertenencia a un pueblo determinado u otro) para mi criterio es fundamental, porque permite hacer una cesura entre la pura historia emotiva y la trascendental. De nuevo, el estudio sobre los usos y costumbres de los no tan primitivos seres humanos de la Edad del Hielo vuelve a sorprender, y personajes como Talut, el propio Mamut, Nezzie, el desgraciado Rydag ofrecen el contrapunto necesario en toda comunidad humana. Los guiños al pasado de Ayla son frecuentes.

Y como no puede ser de otra forma, no puedo evitar mencionar al personaje que marca decisivamente a este tercer volumen: Ranec. Tampoco puedo negar que éste tercer libro me hizo sufrir indeciblemente por motivos puramente emotivos (no puedo ocultar que algo de sensibilidad debe quedarme dentro). Al principio, milité en el tan conocido club de Lectores-que-odian-a-Ranec, pero después, en la segunda lectura de la obra, hasta llego a solidarizarme con él de algún modo. Que el amor no es fácil es algo que tanto vosotros como yo entendemos demasiado bien (supongo), y esa especie de menage-a-trois que se establece nos pone a todos -especialmente a los hombres, por motivos obvios- de los nervios durante gran parte del libro. Sin embargo, cuando uno se da cuenta de que el amor, como cualquier experiencia humana, consiste en ganar o perder, sin que quepa punto medio, pues no puede menos que lamentar que no exista una solución intermedia que satisfaga a todos. La penita que causa el final del libro es hasta entrañable, pero no por ello menos propicia a que uno piense y reflexione que ése pudo, o puede, ser su caso.

Por lo demás, es muy destacable el encuentro de la Asamblea Estival de los Mamutoi y la aparición de Lobo, un personaje que tampoco abandona ya nuestro grupo de viaje. Aunque a veces tengo que reconocer que se me puede hacer un poco empalagoso.

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