His boss said to him
"Boy you'd better begin to get those crazy notions right out of your head..."
Queen. Spread your Wings
Hoy cumplo veintiocho años.
Supongo que escribir sobre tu propio aniversario siempre es un ejercicio un poco extraño, en especial si se hace en un blog que, en principio, está al alcance de todo el mundo. La demanda de éste, sin embargo, ha sido tan escasa que tengo la aparente sensación de que cualquiera de sus post son casi como un relato íntimo, así que voy allá.
La gente que me conoce sabe que la palabra tiempo es una constante de mi pensamiento, y más concretamente su discurrir, o lo que viene a ser lo mismo, su paso imparable. Cada año, al llegar a esta fecha, suelo hacer balance, casi como un contable, del debe y del haber que voy consiguiendo en la vida.
En el cargo tengo que contabilizar las numerosas cosas a las que me he dedicado durante tantos años: el tiempo empleado en grupos de música, en escribir, en formarme académicamente, en hacer los viajes que he hecho, en haber gastado mis cejas en leer todo lo que ha caído entre mis manos y en aprender. No puedo decir que hayan sido veintiocho años mal empleados. Modestamente, creo que he utilizado bastante bien los recursos de los que he dispuesto para construirme, al menos en lo que a lo intelectual y artístico se refiere. O la famosa parábola de los talentos: con un par de ellos he podido conseguir otro buen par, y he rentabilizado la inversión que hizo en mí el Hacedor.
Otra cosa es el abono, los réditos obtenidos. En estos años, hay muchas cosas que permanecen inmutables, o que están en el horizonte lejano. Aún no he conseguido ese trabajo de mi vida, en el cual disfrute realmente con lo que hago. Tanteé un tiempo la posibilidad de ser abogado (en realidad, durante más de un año). Llevé mis juicios, creí que era una profesión digna y adecuada a mí. Después descubrí que, para ser abogado, hay que ser o muy bueno o un auténtico sinvergüenza. Ejemplos de las dos vertientes tengo, pero no pertenezco a ninguna de las dos categorías, y la que más ha pesado en mi decisión ha sido la última, el ejemplo de mi ex-jefe, aquel que se dedicaba a machacarme a lo largo de todo el día y a proponerme como candidato para tapar sus deslices y sus visitas a las prostitutas (duro pero cierto). Como podreis comprender, no es un ambiente que a mí me seduzca.
Tampoco ha ganado nada. Me he hecho mucho más duro y he aprendido qué es lo que nunca quiero ser en la vida.
En cuanto al rollo fraterno-sentimental, los últimos años han sido clarividentes. Lenta e inexorablemente he dejado de creer, poco a poco, en las relaciones humanas duraderas. A ello ha contribuido no sólo la experiencia de mis amistades marchitas (muchas y variadas a lo largo de los años, por uno u otro motivo), amistades que se van quedando en la cuneta cuando cambian las universidades, los centros de ocio, los/as nuevos/as novios/as o la distancia y la facilidad, sino también que llevo la friolera de mil seiscientos cuarenta días solo. En todo ese tiempo no he vuelto a tener ninguna relación afectiva ni física con nadie, no sólo porque hace mucho que no me valen los sucedáneos, sino porque soy fiel a mi palabra, a pesar de que alguna vez alguien haya podido dudar lo contrario. Nadie sirve a dos señores, etcétera. Lo malo de verdad es que en este tiempo voy teniendo cada vez más períodos en los que no necesito siquiera un estímulo, una palabra o un nada de nadie, y a este paso me voy a terminar convirtiendo en un single un tanto peculiar, por decir algo.
A decir verdad, nadie entiende el motivo, pero siempre os pongo la famosa metáfora del valor de un billete de cinco euros: su valor reside en la persona, no en el objeto. No es lo mismo un billete de cinco euros para una persona normal que para un niño de diseño: el último no le da ningún valor porque tiene muchos. Eso es justo lo que detesto de las relaciones humanas: la escasa durabilidad y los sentimientos egoístas que conllevan para la mayoría. La teoría del Me Apetece ni va conmigo ni la voy a practicar nunca, aunque sea tapándome la nariz. Quien salta de pareja como salta los baches de una carretera no merece mi confianza. No soy el número doce de una lista de treinta. Eso me produce hasta repulsión física.
Por desgracia, abunda mucho por estos lares.
Otra cuestión son las carencias y los bajones, y en lo que sigo creyendo aunque lo hayan corrompido ya los gusanos, pero eso es otra historia, que decía Kipling, y materia para otra entrada dentro de una semana, que es cuando toca.
En fin. La Tierra ha girado otra vez alrededor del sol, y así le quitamos trascendencia. Mientras no me salgan canas y no tenga artrosis, puedo hacerme a la idea de que sigo siendo igual de joven que antes. Mañana volverá a amanecer, y pasado también.
Eso es lo que importa realmente.
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