La historia que cuenta el anónimo comentarista (no porque no tenga nombre, sino porque tengo la sospecha de que no le conozco) me ha encantado, tanto por su veracidad como por su capacidad de buscar el símil de la Penélope tejedora.
Personalmente, mientras leía el comentario, podía imaginarme dentro la situación de tantas Penélopes (aquí el nombre y el personaje es femenino, pero tanto vale para la situación inversa) que esperan que retorne Ulises, sin ceder al impulso del tiempo que se va y el recuerdo que se mancilla. Penélopes que pueblan barrios como el viejo de Hortaleza, pero también cualquier otro que podamos imaginar o recorrer.
De algún modo, vi la conexión con otra tejedora que tejía y destejía, la Amaranta Buendía que pactó con la Muerte la duración de su vida en la confección, de nuevo, de su propio sudario.
¿Cuál es el sudario de cada uno de nosotros? ¿Cuál ese proyecto, esa ilusión o esa meta por la cual nos afanamos desesperadamente, sabiendo que nunca va a llegar, y con el que que quemamos los días, los meses y hasta los años? Había quien decía que si carecemos de una creencia o un ideal hay que fabricarlo, aunque sea ficticio, pues una vida sin meta es como una vía de tren sin estaciones: interminable, solitaria y absurda.
Luego está la mente racional y el corsé. Pero por debajo de él siempre queda lo primero. Mucha gente me dice que mis esperanzas e ilusiones suelen ser vanas y utópicas, y parece que igual estoy tejiendo para luego destejer, lo que equivale a construir en la nada. Pero siempre pienso que nunca se obra en el vacío, pues si bien Ulises probablemente no vuelva nunca, Penélope sublimará la obra a él dedicada, y la apariencia de Laertes será sólo eso: apariencia de inmediatez de lo que se construye para la Eternidad.
P.D. Mil gracias, seas quien seas. La magia de este medio ha hecho que tu experiencia ahora forme parte de la mía, y que sienta de nuevo el impulso de escribir. Ahora tu obra y la mía son las dos lo mismo.
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