3 de septiembre de 2007

De retornos (I)

El viejo Madrid. Cuando escribía el anterior post, antes de las vacaciones, hablaba de mutabilidades y el tiempo que pasa. Hace un par de días he regresado a Madrid, a mi viejo barrio, y he podido comprobar en primera persona el efecto material de esa construcción. Necesariamente, todas las cosas deben cambiar. All things must pass, como decía el otro. Pero encontré todos aquellos lugares en los que viví durante más de veinticinco años ajados, gastados por el paso del tiempo, llenos de pintadas y con la cal y la suciedad maltratando a las paredes. A pesar de no guardar un celo excesivo por la conservación de la memoria de todos aquellos años (no en vano, desde que adquirí la facultad de ir donde quisiera procuré pisar sus calles el menor tiempo necesario), no puedo evitar, cada vez que camino por esas aceras, una sensación de abandono y dejadez. Mi vieja casa tampoco es ajena a ese estado de ánimo. Siento que, casi como si fuera un ser viviente, se nutre del alma de las personas que la habitan y, cuando éstas han faltado de continuo, se ha dejado caer en la indolencia y la vejez, volviéndose decrépita y cansada.
Para muestra, un botón:

Supongo que a las relaciones humanas les pasa lo mismo, o quizá es que estoy siempre viendo paralelismos entre lo material y lo trascendental. Tal vez me gustan las comparativas o tratar de sacar lecciones de todo lo que veo, pero tengo la impresión de que las relaciones humanas también envejecen, con independencia de la edad cronológica de los sujetos implicados. No hablo de las relaciones de pareja, porque bien sabéis que de momento soy muy escéptico al respecto, pero sí de las otras relaciones: las de amistad o mero compañerismo. Hablo de esas relaciones en las que de repente te encuentras sentado frente a la otra persona y no se te ocurre nada que decir, porque ya está todo dicho. O de aquellas otras a las que el proceso siempre cambiante (qué poco me gusta esa expresión) de la vida vuelve insulsas y absurdas. El viejo barrio de Hortaleza ha significado mucho para mí, pero se volvió hostil desde el momento en que deseé marcharme de allí con todas mis fuerzas. Hasta su parada de suburbano pasó a ser dolorosa y enemiga. Hay proximidades que uno no desea pero que el Azar te trae sin pedirlo. El Mar de Cristal se convirtió en esa clase de océano tenebroso que aparece en algunos de mis sueños. Hubo necesidad de continuar en otro sitio.

Me gusta especialmente esta fotografía, no por lo que refleja visualmente, sino por lo que sugiere. Un túnel incierto, oscuro en su inicio, pero con luces en su tramo final, que en la imagen no pueden verse, pero que existen (doy fe de ello).
Las similitudes, a gusto del expectador.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El viejo barrio de Hortaleza... que recuerdos. El tiempo que viví allí no había aún metro. Todas las mañanas cogía el 9 en la primera parada y me sentaba a leer los libros de Asunción. Asunción era Penélope, tejía y destejía. Era muy mayor y no podía salir a la calle, así que tejía, destejía y veía televisión. Pero Asunción no esperaba a ningún Ulises, su Ulises falleció antes que ella, a pesar de ser 17 años mas joven. Yo estudiaba y vivia con ella por medio de un programa de Voluntarios para el desarrollo. Ella estaba sola y le rezó a San Antonio pidiendo compañia y aparecí yo. Pero todo llega a su fin, Penélope-Asunción se fue para siempre con su Ulises y yo me fui de Hortaleza, el barrio que ya forma parte de mis recuerdos.