3 de septiembre de 2007

De retornos (y II)

Casi al mismo tiempo que escribía la anterior entrada, hablando del viejo barrio de Hortaleza y su ancianidad a pesar de sus escasos treinta y pico años de vida, pensaba que la glosa no quedaba completa si no hacía un breve comentario de la estación de partida, al menos durante estas últimas semanas.

Para los no familiarizados, haré las presentaciones de rigor: este trozo de tierra cosido al mar se llama Calabardina, y en él he pasado mis últimos veinte veranos, y algunas fechas más, así que puedo considerarlo casi mi segunda casa.

Es un lugar que no me creo que no pueda inspirarle a nadie algún tipo de lírica. Hasta Pérez-Reverte se acuerda de él y de su cabo en su novela La Carta Esférica, y un servidor, modestamente, hace arrancar su primer libro allí, en un capítulo que se llama Sombras del atardecer del viejo monte.

La descripción épica del lugar está en Los Raíles y los Días, pero ahora me interesa destacar más sus contrastes con las otras realidades, las que me toca vivir cotidianamente.
Observando bien la imagen, uno puede darse cuenta casi al instante de que comparar esta playa tranquila y el Skyline de la Corte mueve a risa. En este lienzo de mar me he formado, verdaderamente, como ser humano, y mi deuda de gratitud hacia él es inmensa. Pero lo que resulta curioso, y de algún modo define mis rarezas, es que la proporción de esa escuela se reparte proporcionalmente entre el fondo y el paisanaje. Tanta importancia tienen para mí las personas que he conocido a lo largo de tantos años entre sus calles como los fondos de acuarela de Cabo Cope, Rambla Elena, Águilas y tantos y tan variados sitios.
Creo que en realidad, como uno es muy dado a la cavilación -lo que no resulta una virtud, precisamente-, los pensamientos se hacen andar, y se funden con el paisaje, hasta que forman los dos uno solo. Esa manía mía es lo que me permite tener un fondo de recuerdos tan amplio. Generalmente, con este mundo de prisas, casi nunca nos fijamos en nada relevante, y se nos va la vida en prisas, llamadas de teléfono y otros géneros de memez. A mí, por el contrario, me gusta tanto fijarme en los colores, en los olores, en las vistas y en las palabras que hasta he inventado un palabro para definirlo: impresionismo emotivo.
Así, de repente, suena hasta cursi. Algunas personas no han creído nunca en esa facultad mía de recordar un momento por un olor o un sonido, pero es tan real como servidor que les escribe.
A lo que iba. El contraste entre Madrid y este lugar puede llegar a abrumar en el retorno. Y se queda uno petrificado, como el mojón de la fotografía, de color gris y con los recuerdos azules rodeándole.
Hay días que me gustaría volver a esos azules, de cuando era más niño y más inocente, de cuando recorría todo el paseo arriba y abajo soñando y pensando con el futuro. Un futuro que no ha llegado.
Uno es más viejo ahora, pero no necesariamente más sabio.
Más estudiantado, que no viene a ser lo mismo. Y para quien el color azul tiene posos de amarillo.

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