20 de abril de 2009

Volver al hogar

Cuando bebas agua, recuerda la fuente de la cual bebiste.
Proverbio chino.

Después de unas merecidas vacaciones, retomo las páginas de La Casa de Sokar, a las que he tenido un poco abandonadas en los últimos días. La feliz (y descansada) causa es evidente.

Después de cinco años, por fin he podido disfrutar de unos días de descanso en Murcia, que aun no siendo mi tierra natal puedo considerar como mi casa, a todos los efectos. En otra ocasión -muy al principio- hablé en este blog del lienzo de tierra junto al mar en el que he pasado mis últimos veinte veranos, con la excepción (espero que única) del pasado. Hoy quiero volver a hablar de él desde otras perspectivas.

No me canso de repetir las bondades de esta tierra. Para muchos, la costa murciana es una auténtica desconocida. Muy alejada del concepto de las encementadas y masificadas playas de otros lugares de España, colonizadas por el turismo de masa -con todo lo peyorativo que la expresión encierra-, aquí no hay grandes líneas de costa ni extensiones kilométricas de arena. Aquí, aproximadamente desde Mazarrón y casi hasta llegar al Cabo de Gata, con tres o cuatro excepciones el perfil corresponde a pequeñas calas cortadas por sierras y accidentes geográficos más o menos llamativos. El mejor sitio para perderse o para descansar del gris de Madrid (aunque espero que el secreto siga sin divulgarse durante mucho tiempo...)

Cada vez que vuelvo a pisar esa playa, o cada vez que respiro el olor a azahar de Lorca en una tarde de Semana Santa, me transformo. Es como esa sensación que uno tiene cuando deja las maletas en el quicio de la puerta después de volver de un largo viaje. Calabardina, y Lorca, es el Retorno, con mayúscula. El retorno a la tierra de mis mayores, pero también al espacio de mis recuerdos. Pasear una tarde por La Corredera, la Avenida (ahora de Juan Carlos I), o entrar en Santo Domingo, San Francisco, la Colegiata de San Patricio o el Convento de las Huertas o cualquiera de las muchas Iglesias que tiene esta ciudad es retroceder muchos años sin perder de vista el ahora. Caminar reencontrando amigos que siguen siéndolo después de más de veinte años desde la primera ocasión ennoblece el ánimo y reconforta el espíritu. Volver a ver a la familia y contemplar cómo va creciendo (dos nuevas y preciosas incorporaciones en menos de dos años) no puede a uno sino llenarlo de alegría.

La devoción popular del pueblo lorquino es algo que aunque lo vea muchas veces nunca dejará de admirarme. Tienen (tenemos, los exiliados de algún modo somos lorquinos también) una de las mejores expresiones de Pasión de España, cada vez más divulgada porque lo murciano, al fin, empieza a reivindicarse y a hacerse el hueco que merece en la Historia de este país, desde Alfonso X a la actualidad, a pesar de algunos (no citaremos nombres, o regiones). La Semana Santa de Lorca es otra cosa. Quien tenga la oportunidad de acercarse a ella podrá comprobar con sus propios ojos lo que el esfuerzo colectivo de algunas personas ha conseguido, tras miles y miles de horas de trabajo. Los bordados, los Tronos, las imágenes son dignas de figurar en cualquier museo de Arte del mundo.

Y la Alameda en la tarde-noche del Viernes Santo. Una experiencia irrepetible, con olor a flor de primavera y pañuelo al cuello.

Calabardina, por su parte, es un mundo aparte. Cuando era niño pasaba todo el año deseando que finalizase el colegio para poder perderme de nuevo, junto con mis amigos, por ese Cabo de Cope majestuoso. Para poder volver a subir la Torre y contemplar el mar como un soldado, o un pirata, lo hubiesen contemplado hace siglos. Para tumbarse en la arena y dejar que las olas -breves- te meciesen tranquilamente. Para extraviarme por los caminos de El Garrobillo, Cuestas de Gos, Rambla Elena, Calacorina o hasta la Playa del Cigarro o Calablanca, en los extremos más osados. Hoy soy un hombre y sin embargo nada de todo eso ha perdido encanto para mí. Desde la frialdad de los despachos o las obligaciones cotidianas uno nunca deja de ser lo que es, o ha sido, siempre.

Estrechar la mano de un amigo o un familiar, después de tanto tiempo, es como conjurar el pasado. El paso del tiempo se lleva muchas cosas: nuestros cuerpos cambian, se deterioran en ocasiones, pero lo más importante, la Esencia, queda ahí. Dicho sea para Miguel Ángel, para Álex, para Perico, para Javi y Mari Cruz, para Domingo, Para Fran, para Sara, para Esther o para José Carlos, a quienes pude volver a ver. Y dicho sea también para los demás, para los que no fue la ocasión en este momento pero cuyo abrazo queda pendiente para ya mismo.

El pasado y el presente se reúnen para converirse en el futuro. Algún día, cuando Dios quiera, mis seres queridos, mi futura mujer y mis hijos pisarán también estas arenas y estas piedras de siglos, y comprenderán mejor que con estas pobres palabras las emociones que he querido expresar con ellas.

Entretanto, la espera merece la pena. Gracias. De verdad.

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